Hechos1:6-14; Salmo 68:1-10, 33-36; 1 Pedro 4:12-14, 5:6-11; Juan 17: 1-11
Séptimo Domingo de Pascua- 17 de mayo de 2026
En Juan 17 no vemos a un Jesús triunfalista. No aparece conquistando imperios, buscando fama religiosa o defendiendo templos ni privilegios. Está orando. Y eso ya es radical.
Porque en un mundo obsesionado con controlar, dominar y vencer, Jesús se detiene a hablar con el Padre Madre antes de enfrentar la violencia del imperio. La oración aquí no es escape espiritual. Es resistencia espiritual.
Jesús levanta los ojos al cielo y dice: “Ha llegado la hora.” La hora no es la coronación imperial. Es la cruz. La entrega. El amor llevado hasta las últimas consecuencias. El sistema nos enseñó que la gloria es acumular. Jesús revela que la gloria verdadera es vaciarse por amor.
La vida eterna no empieza después de morir. Jesús dice algo profundamente revolucionario: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti…” La vida eterna no es un premio para después de la muerte. Es una forma de vivir ahora.
Conocer a Dios no es memorizar doctrinas. Es parecerse al Dios revelado en Jesús.
Y el Dios de Jesús: toca personas leprosas, come con personas marginadas, confronta poderes religiosos, llora con las personas pobres, rompe exclusiones, y devuelve dignidad a quienes el sistema llamó desechables.
Por eso mucha religión conoce dogmas, pero no conoce a Dios. Porque conocer a Dios implica amar peligrosamente. Jesús no pide escapar del mundo
Más adelante Jesús dirá: “No te pido que los quites del mundo…” Eso destruye el cristianismo escapista.
La espiritualidad de Jesús no huye del dolor humano. Se mete dentro de él.
La iglesia no fue llamada a esconderse de la realidad: mientras la violencia destruye comunidades, mientras la pobreza expulsa familias de Puerto Rico, mientras Vieques sigue cargando heridas históricas, mientras el colonialismo económico convierte la vida en mercancía, mientras tanta gente vive agotada emocionalmente intentando sobrevivir.
Jesús no ora para que la iglesia flote sobre el sufrimiento. Ora para que sea presencia transformadora dentro del sufrimiento.
“He manifestado tu nombre”. Manifestar el nombre de Dios no es repetir “Señor, Señor”. Es revelar cómo es Dios. Y Jesús reveló un Dios incompatible con la indiferencia, un Dios que no bendice la deshumanización, que no se arrodilla ante los imperios, que no convierte la fe en negocio, que no divide seres humanos entre puros e impuros.
Por eso Jesús fue peligroso. No porque odiara. Sino porque amó demasiado.
Comunidades que: desaprenden el egoísmo, desmantelan la exclusión, desalambran fronteras de odio, y entran por la salida del sistema para traer el cielo a la tierra.
Porque la vida eterna comienza cuando dejamos de vivir solamente para nosotros o nosotras y comenzamos a vivir para el Reino-Comunidad.
En Hechos 1:6-14 los discípulos y discípulas tomaron la iniciativa de mantener la unidad e integridad del grupo al elegir a Matías para reemplazar a Judas. El proceso de elección de Matías refleja su compromiso de seguir la voluntad de Dios y asegurar que su estructura de liderazgo permanezca intacta. Esta decisión resalta la importancia de la comunidad, el discernimiento y la oración en la vida de los creyentes. También subraya la idea de que Dios obra a través del discernimiento colectivo de su pueblo, guiándolos a tomar decisiones que se alineen con sus propósitos.
El mensaje de 1 Pedro 5:6-11 resuena profundamente en los discípulas y discípulas, recordándoles que deben humillarse bajo la poderosa mano de Dios y depositar en Él todas sus ansiedades. En medio de sus pruebas, encuentran fortaleza en la promesa de que, después de sufrir un poco, el Dios de toda gracia los restaurará, confirmará, fortalecerá y establecerá.
Por lo tanto, seguir a Jesús no es escapar del mundo. Es entrar profundamente en él con amor radical. La oración de Jesús no produce espectadores o espectadoras religiosas. Produce comunidades encarnadas que puedan meterse en las heridas de este mundo. Amen & Ashe.
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