Sermon: 16 de agosto de 2026

Génesis 45:1–15 | Romanos 11:1–2, 29–32 | Mateo 15:21–28

Hay momentos en la Biblia en que Dios no aparece confirmando el orden establecido, sino desordenándolo, Dios rompe fronteras, Dios cuestiona privilegios, Dios derriba muros, Dios reconstruye familias heridas. Y, a veces, Dios habla desde la boca de quienes la religión había colocado afuera.

Las tres lecturas de hoy tienen algo profundamente radical en común: Dios se niega a abandonar a quienes nosotros o nosotras hemos aprendido a excluir.

1. José: sanar no significa olvidar

En Génesis encontramos a José frente a sus hermanos. Son los mismos que lo rechazaron. Los mismos que lo vendieron. Los mismos que participaron en una historia de violencia que cambió su vida. José podría vengarse. Tiene poder, tiene autoridad, tiene recursos. Tiene a sus hermanos vulnerables frente a él. Pero llora.

Y esas lágrimas son profundamente políticas porque José decide que el poder no tiene que terminar en venganza. José les dice: “Yo soy José, vuestro hermano.”

No dice solamente: “Yo soy José”. Añade: “vuestro hermano”.

Ahí comienza la reconciliación. Porque reconciliarse no significa negar lo ocurrido. José sabe lo que hicieron. La memoria permanece. La herida tiene historia. Pero José se niega a permitir que el daño tenga la última palabra.

Eso es radical. Porque vivimos en sociedades donde muchas veces nos enseñan que quien tiene poder debe aplastar a quien le hizo daño. José propone otra lógica:

Tengo poder, pero no voy a utilizarlo para destruirte. Eso es Reino–Comunidad. La reconciliación bíblica no es amnesia. No es decirle a la persona herida: “Olvídate de eso”. Es recordar de tal manera que el pasado no siga reproduciendo violencia en el presente.

2. Pablo: Dios no desecha

Entonces llegamos a Romanos. Pablo hace una pregunta: “¿Ha desechado Dios a su pueblo?” Y responde: “De ninguna manera.” Aquí encontramos una declaración poderosa sobre el carácter de Dios. Dios no es especialista en descartar personas. Somos nosotros y nosotras quienes construimos categorías: aceptables e inaceptables, puros e impuros, salvados y condenados, ciudadanos y extranjeros,
gente decente y gente indeseable.

Pero Pablo dice que “los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables”. Eso significa que nuestros fracasos no tienen autoridad absoluta sobre la gracia de Dios. Y aquí aparece una pregunta incómoda para la Iglesia: ¿A quiénes hemos desechado nosotros o nosotras que Dios todavía sigue abrazando?

Porque podemos predicar acerca de la gracia y practicar exclusión. Podemos cantar acerca del amor y construir muros. Podemos celebrar la Eucaristía y continuar clasificando quién merece sentarse a la mesa. Romanos nos recuerda que la misericordia de Dios siempre es más grande que nuestras fronteras religiosas.

3. La mujer cananea que no aceptó quedarse afuera

Y entonces aparece una mujer en Mateo 15. Cananea. Extranjera. Mujer. Religiosamente considerada fuera del pueblo.

Tiene casi todas las características que una sociedad patriarcal y religiosa podía utilizar para silenciarla. Pero ella habla. Más todavía: grita. Su hija está sufriendo y ella no acepta el silencio como respuesta.

Los discípulos y discípulas quieren quitársela de encima. Ese detalle es importante.

Porque algunas veces quienes están más cerca de Jesús son precisamente quienes intentan impedir que otras personas lleguen hasta Jesús.

Ese sigue siendo uno de los peligros de la religión. Creernos dueños de la puerta.

Decidir quién entra, quién pertenece, quién puede recibir misericordia, quién merece acercarse. Pero esta mujer se niega a desaparecer. Insiste. Discute. Responde. Y termina pronunciando una de las frases más provocadoras del Evangelio: “También los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.”

Ella toma la imagen que podía humillarla y la convierte en argumento de  resistencia. En otras palabras: “No me voy.” “Puedes decirme que no pertenezco.”

“Puedes decirme que esta mesa no fue preparada para mí.” “Pero yo sé que la misericordia de Dios es suficientemente grande para llegar también hasta mi hija.”

Y Jesús termina diciendo: “Mujer, grande es tu fe.” Qué extraordinario.

Una extranjera termina convirtiéndose en maestra de fe. La que supuestamente estaba afuera termina enseñando algo a quienes estaban adentro.

4. Una mujer que ensancha la mesa

Este texto puede incomodarnos porque presenta un diálogo difícil entre Jesús y esta mujer. Pero precisamente ahí está su fuerza. Podemos leer esta escena como un momento en que el Evangelio nos muestra que la misión rompe sus propias fronteras étnicas, culturales y religiosas.

La mujer cananea empuja la conversación hacia una mesa más grande. Y quizás esa sea una de las grandes tareas de la Iglesia: ensanchar la mesa. No protegerla.

No privatizarla, no convertirla en propiedad de una denominación, una clase social, una nacionalidad o un grupo religioso. Ensancharla.

Porque cuando una mesa tiene espacio solamente para quienes piensan como nosotr@s, se parecen a nosotros y creen exactamente como nosotros, posiblemente hemos construido un club religioso, pero todavía no hemos construido Reino–Comunidad.

5. Las tres historias dicen lo mismo

José dice: La herida no tiene que terminar en venganza.

Pablo dice: Dios no desecha a su pueblo.

La mujer cananea dice: No aceptaré que me dejen fuera de la misericordia.

Y las tres voces juntas proclaman: Dios está construyendo una comunidad donde nadie es desechable.

Aquí está el escándalo del Evangelio. El Reino-Comunidad de Dios no pertenece exclusivamente a quienes pensamos que tienen las credenciales correctas. Por eso debemos preguntarnos: ¿Quiénes están recogiendo hoy las migajas que caen de nuestras mesas? Las personas pobres. Las personas migrantes. Quienes han sido encarcelad@s, quienes viven sin hogar, quienes han sido rechazad@os por comunidades religiosas, quienes nuestra sociedad convierte en estadísticas y problemas en lugar de reconocerlos como seres humanos.

Tal vez esas personas no necesitan nuestras migajas. Tal vez necesitan que dejemos de controlar la mesa.  La Iglesia no fue llamada a administrar migajas.

Fue llamada a construir mesas.

Amen & Ashe

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