Décimo Domingo después de Pentecostés- Propio 13
2 de Agosto de 2026
Génesis 32:22-31; Salmo 17: 1-7, 16; Romanos 9:1-5; Mateo 14:13-21
I-Mateo 14:13-21
Hay textos bíblicos que la Iglesia ha domesticado. Este es uno de ellos.
Durante siglos hemos predicado que Jesús hizo aparecer pan de la nada. Pero Mateo no está interesado en impresionar con un espectáculo sobrenatural. Está interesado en denunciar un sistema que había convencido al pueblo de que nunca habría suficiente para todas las personas.
Jesús acaba de enterarse del asesinato de Juan el Bautista. El Imperio ya ha mostrado su rostro: cuando una voz denuncia la injusticia, el poder responde con violencia. Sin embargo, Jesús no huye para salvarse; se retira para discernir. Y el pueblo lo sigue porque tiene hambre. No solo hambre de pan. Hambre de justicia, de dignidad y de esperanza.
Los discípulos y discípulas ofrecen la solución de siempre: “Despide a la gente.” Por desgracia esto sigue siendo la política de nuestro tiempo, despide a las personas pobres, despide a las personas migrantes, despide a quienes viven en las calles, despide a quienes son usuari@s de drogas, despide a quienes salen de la cárcel, despide a quienes no producen ganancias, despide a quienes incomodan.
Pero Jesús responde con una frase que dinamita toda espiritualidad cómoda:
“No tienen que irse. Denles ustedes de comer.” El Evangelio no delega la responsabilidad social. La coloca en nuestras manos. Mientras el capitalismo pregunta cuánto cuesta alimentar a la multitud, Jesús pregunta qué estamos dispuestos o dispuestas a compartir.
Los discípulos y discípulas solo ven cinco panes y dos peces. Jesús ve una comunidad.Porque el problema nunca ha sido la cantidad de recursos. El problema ha sido la acumulación, el miedo y la falta de confianza.
Vivimos en un mundo que produce suficiente alimento para toda la humanidad y, sin embargo, millones pasan hambre. No es un problema de producción. Es un problema de distribución. No es escasez; es injusticia.
Por eso este milagro es profundamente político. Jesús toma el pan. Lo bendice. Lo parte. Y lo entrega. Ese es el ciclo del Reino-Comunidad de Dios.
El Imperio acumula. Jesús comparte. El mercado privatiza. Jesús comunitariza. El poder concentra. El Reino redistribuye. La bendición nunca termina en quien la recibe. Siempre continúa hacia quien la necesita.
Mateo añade un detalle que solemos pasar por alto: “Todos comieron hasta quedar satisfechos.” No dice que sobrevivieron. No dice que recibieron una ración mínima. Dice que quedaron satisfechos. El Reino-Comunidad de Dios no administra miserias. Produce abundancia compartida.
Cada Eucaristía nos pregunta: ¿Qué sentido tiene decir “Cuerpo de Cristo” si seguimos tolerando cuerpos hambrientos? No podemos levantar el pan consagrado mientras cerramos las manos ante quienes necesitan pan cotidiano. Mateo 14 no es un relato para admirar un milagro. Es una convocatoria a convertirnos nosotros en el milagro.
II-Génesis 32:22-31
Jacob llega al río Jaboc como un hombre exitoso según los criterios del mundo: ha acumulado riqueza, ganado prestigio y protegido a su familia. Sin embargo, sigue siendo el mismo hombre que engañó a su hermano, manipuló a su padre y construyó su vida desde el miedo.
La lucha nocturna no es simplemente un combate con un ángel. Es el momento en que Jacob deja de pelear contra su hermano para pelear consigo mismo. Es la confrontación entre el viejo Jacob y el ser humano que Dios quiere hacer nacer.
El Reino-Comunidad de Dios comienza cuando dejamos de luchar para controlar a Dios y permitimos que Dios desmonte la identidad que el poder, el miedo y el privilegio habían construido en nosotr@s
III-Romanos 9:1-5
Romanos 9 comienza con una confesión sorprendente. Pablo no inicia con una doctrina ni con una defensa teológica. Comienza con un lamento. “Tengo una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón.”
Incluso afirma que estaría dispuesto a ser separado de Cristo por amor a su pueblo. Es una afirmación extrema: el amor pastoral supera cualquier interés personal.
Esta es una crítica radical a una religión centrada exclusivamente en la salvación individual. Pablo nos recuerda que no basta con “tener a Cristo”; hay que cargar con el dolor de quienes sufren. La espiritualidad auténtica no se mide por cuán cerca creemos estar de Dios, sino por cuánto nos duele el sufrimiento de nuestro pueblo.
IV- Estas tres lecturas,
leídas desde una hermenéutica radical, no hablan de tres historias separadas. Hablan de un mismo movimiento espiritual: Dios transforma el mundo cuando las personas dejan de aferrarse a sus seguridades y se atreven a luchar, compartir y sufrir por amor al pueblo.
El Reino-Comunidad de Dios nace cuando dejamos de proteger nuestra identidad, nuestros privilegios y nuestros recursos para convertirnos en bendición para las demás personas.
Estas lecturas denuncian tres idolatrías:
- la idolatría del ego (Jacob),
- la idolatría de una religión sin compasión (Romanos),
- la idolatría de la escasez (Mateo).
Y anuncian tres conversiones:
- de la autopreservación a la transformación;
- de la salvación individual a la solidaridad colectiva;
- de acumular recursos a compartirlos.
En todo esto Jacob salió cojeando, Pablo salió llorando y Jesús salió compartiendo. En síntesis, los tres nos enseñan que el Reino-Comunidad de Dios no se construye desde la comodidad, sino más bien desde personas heridas por Dios, conmovidas por el sufrimiento del pueblo y decididas a convertir el pan, la vida y la esperanza en bienes compartidos.
Amen & Ashe.
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