Éxodos 16: 2-15; Salmo 105:1-6, 37-45; Filipenses 1:21-30; Mateo 20:1-16
20 de septiembre de 2026
“Dios no paga salarios: reparte dignidad”
Estas lecturas nos presentan dos economías enfrentadas: la economía del imperio y la economía del Reino-Comunidad de Dios.
En Éxodo 16, el pueblo tiene hambre en el desierto. Y cuando hay hambre, Dios no les ofrece un sermón sobre paciencia. Dios les da pan. El maná es una denuncia contra toda sociedad que permite que algunas personas acumulen mientras otras no tienen qué comer. Dios enseña una economía sencilla y radical: hay suficiente cuando nadie convierte lo necesario para vivir en privilegio.
El Salmo 105 recuerda que Dios sacó al pueblo de la esclavitud y lo alimentó en el camino. La liberación, por tanto, no consiste solamente en salir de Egipto. No hay verdadera liberación mientras el pueblo liberado continúa pasando hambre.
Pablo escribe Filipenses desde la prisión. El imperio puede encarcelar su cuerpo, pero no consigue encarcelar su esperanza: “para mí el vivir es Cristo.” Es la declaración de una conciencia que se niega a entregarle al sistema la última palabra. Hay poderes capaces de encerrarnos, pero incapaces de decidir quiénes somos.
Y entonces Jesús, en Mateo 20, cuenta una parábola peligrosa. Un propietario contrata trabajadores a distintas horas. Algunos trabajan todo el día. Otros apenas una parte. Pero al final todas eta persona reciben lo necesario para la jornada. Los primeros protestan porque consideran injusto que los últimos reciban lo mismo.
Jesús está desenmascarando algo profundamente humano: a veces no nos molesta tener suficiente; nos molesta que quien consideramos menos merecedor también tenga suficiente.
Ahí comienza el escándalo del Reino-Comunidad. Nos han enseñado que una persona vale por lo que produce. Quien trabaja más merece más, quien posee más vale más, quien no produce queda convertido en carga, fracaso o descartable.
Jesús vira la tortilla. El Reino-Comunidad pregunta otra cosa: ¿qué necesita una persona para vivir con dignidad?
Esta parábola no glorifica la explotación laboral ni justifica salarios injustos. Todo lo contrario: cuestiona una economía que convierte el valor humano en mercancía. La dignidad no puede depender de nuestra productividad.
Por eso “los últimos serán primeros y los primeros últimos” no significa simplemente cambiar quién ocupa la parte superior de la pirámide. Jesús no vino a virar la pirámide para colocar otros arriba. Vino a derrumbarla.
La Iglesia que anuncia este Evangelio no puede conformarse con repartir comida mientras permanece silenciosa ante las estructuras que producen hambre. No basta la caridad cuando hace falta justicia. Tenemos que preguntarnos por qué hay personas trabajando y todavía pobres; por qué algunas mesas rebosan mientras otras permanecen vacías; por qué hemos convertido vivienda, salud, alimento y dignidad en mercancías.
El maná del desierto y los trabajadores de la viña anuncian la misma buena noticia:
En el Reino-Comunidad de Dios nadie tiene que demostrar que merece vivir con dignidad.
Y quizás esa sea nuestra conversión esta semana: dejar de preguntarnos “¿cuánto merece esa persona?” y comenzar a preguntarnos “¿qué tenemos que transformar para que a nadie le falte lo necesario para vivir?”
Porque el Reino-Comunidad de Dios no se construye acumulando privilegios.
Se construye compartiendo el pan, defendiendo la dignidad y derrumbando las mesas donde solamente pueden sentarse las primeras personas.Así es como Jesus cambia la narrativa.
Amén & Ashe.
Puedes leer todos los sermones del Padre Luis Barrios en la sección de Sermones.

