Mateo 13: 24-30, 36-43
19 de julio de 2026
Sembrar humanidad es un acto profundamente político y espiritual mediante el cual resistimos toda cultura de descarte y cultivamos relaciones que afirman la dignidad de cada persona. Es negarnos a reducir a alguien a su peor error, a su pobreza, a su encarcelamiento, a su nacionalidad, a su orientación sexual o a cualquier etiqueta impuesta por el poder. Sembrar humanidad es desmantelar las estructuras que producen exclusión y, al mismo tiempo, sembrar justicia, compasión, solidaridad, verdad y esperanza para que el Reino-Comunidad de Dios pueda echar raíces en la historia. Allí donde el imperio clasifica, excluye y descarta, el Evangelio siembra humanidad. D esto trata el Evangelio de hoy en Mateo 13: 24-30, 36-43.
Hay parábolas que consuelan. Y hay parábolas que desenmascaran imperios. Esta pertenece al segundo grupo. Jesús no está contando una historia sobre agricultura. Está anunciando una revolución política, espiritual y ética. Está confrontando la obsesión de todo imperio por clasificar, controlar, excluir y eliminar. Porque todos los imperios necesitan inventar una cizaña.
Necesitan señalar quién sobra. Necesitan fabricar personas enemigas para justificar cárceles, guerras, deportaciones, muros, pobreza y vigilancia.
El Imperio romano lo hizo. Los imperios coloniales lo hicieron. El capitalismo neoliberal lo hace. L@s nacionalismos fanatic@s lo hacen. Y muchas iglesias, lamentablemente, también lo hacen. Siempre hay alguien a quien declarar persona peligrosa, alguien a quien convertir en el problema, alguien cuya exclusión se presenta como necesaria para proteger a los “buenos”.
Pero Jesús rompe esa lógica. Los trabajadores preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”
Es la misma pregunta que hoy escuchamos con otros nombres. ¿Construimos más cárceles?
¿Deportamos más personas? ¿Militarizamos más fronteras? ¿Expulsamos a quienes incomodan nuestras iglesias? ¿Castigamos más severamente? ¿Silenciamos la protesta? ¿Eliminamos a quienes no encajan? Y Jesús responde con una palabra profundamente subversiva: “No.”
Ese “no” es una desobediencia civil contra toda política del descarte. Porque el Reino de Dios no se construye eliminando personas. Se construye transformando relaciones. El problema es que nosotr@s confundimos justicia con venganza, confundimos seguridad con exclusión, confundimos orden con control, confundimos santidad con pureza social. Y terminamos llamando justicia a aquello que simplemente administra sufrimiento.
Vivimos en sociedades que han convertido la exclusión en sacramento. Encierran las personas pobres mientras y premian a quienes producen pobreza. Persiguen personas migrantes mientras legalizan las estructuras que las obligan a migrar. Castigan a quienes sobreviven en la calle mientras absuelven a quienes especulan con la vivienda.
Condenan a quienes consumen drogas mientras enriquecen a quienes se benefician del negocio de la guerra, las armas y la desesperación. Eso no es justicia. Eso es idolatría del poder. Por eso esta parábola también denuncia a una Iglesia que ha olvidado sembrar esperanza.
Cuando la Iglesia bendice cárceles que destruyen vidas en lugar de restaurarlas, está sembrando cizaña, cuando bendice políticas de odio porque prometen seguridad, está sembrando cizaña, cuando convierte la mesa de Jesús en una frontera moral donde unas personas pueden entrar y otras no, está sembrando cizaña, cuando protege privilegios antes que vidas humanas, está sembrando cizaña.
La cizaña más peligrosa no siempre crece en las calles. Muchas veces florece en los altares. Se disfraza de doctrina. Se viste de moral. Habla el lenguaje de Dios mientras sirve a los intereses del imperio. Por eso Jesús no nos envía a convertirnos en inspectores de pureza. Nos llama a ser sembradores y sembradoras de esperanza.
Y sembrar esperanza significa construir comunidades donde la dignidad no dependa de un expediente criminal, donde nadie sea definid@ por su peor error, donde la prisión no sea el destino de las personas pobres, donde la deportación no sea la respuesta a la desesperación, donde el hambre sea considerada una violencia política, donde la salud sea un derecho humano.
Donde la vivienda sea un acto de justicia. Donde la economía esté al servicio de la vida y no la vida al servicio de la economía.
Eso es sembrar trigo. La gran pregunta de esta parábola no es quién es la cizaña. La verdadera pregunta es: ¿Quién obtiene ganancias cuando convencen al pueblo de que ciertos seres humanos son la cizaña? Porque detrás de cada exclusión siempre existe un sistema que obtiene poder, detrás de cada cárcel hay una economía, detrás de cada frontera hay un privilegio, detrás de cada guerra hay un negocio, detrás de cada discurso de odio hay alguien acumulando riqueza.
Jesús desenmascara esa lógica. Y anuncia otra completamente distinta. El Reino-Comunidad de Dios no elimina personas. Elimina las estructuras que producen muerte. No arranca seres humanos, arranca el miedo, arranca la codicia, arranca el racismo, arranca el patriarcado.
Arranca el colonialismo, la supremacía y el capitalismo que convierte la vida en mercancía. Arranca el heterosexismo, arranca toda teología que bendiga cualquiera de esas cadenas. Porque la verdadera cizaña nunca ha sido la persona pobre. La verdadera cizaña es el sistema que necesita fabricar personas descartables para seguir funcionando.
La verdadera cosecha de la esperanza comenzará el día en que dejemos de preguntarnos quién merece ser expulsad@ y empecemos a preguntarnos qué estructuras deben ser desmanteladas para que toda persona pueda florecer. Ese día el Reino-Comunidad ya habrá comenzado entre nosotros y nosotras.
Amén & Ashe
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