Lecturas: Isaías 58:1-9a / Salmo 112:1-9 / 1 Corintios 2:1-12 / Mateo 5:13-20
Quinto Domingo después de la Epifanía – 8 de febrero de 2026

En el Evangelio de hoy (Mateo 5:13-20), Jesús no dice: “Traten de ser sal” ni “Aspiren a ser luz”. Dice: “Ustedes son”. No es una vocación futura: es una identidad presente.

Pero cuidado: la sal puede volverse insípida, y la luz puede esconderse. Y cuando eso pasa, la fe se vuelve decoración religiosa: cruces sin conflicto, oraciones sin consecuencias, templos llenos y calles abandonadas.

1. No somos azúcar del sistema: “Somos la sal de la tierra”

La sal no existe para sí misma. Existe para arder en la herida, para preservar lo que el sistema deja pudrir, para despertar el gusto por la vida. Una fe que no incomoda, una iglesia que no molesta, una espiritualidad que no altera la injusticia ya perdió el sabor.

Cuando la Iglesia bendice lo que mata: la violencia normalizada, la corrupción elegante, el racismo respetable, el desprecio a las personas pobres y a los migrantes, entonces ya no es sal: es arena religiosa.

Sal en una tierra acostumbrada a la violencia. Puerto Rico se ha ido acostumbrando a la muerte. Un asesinato más. Una balacera más. Un nombre que dura 24 horas en las noticias y luego se olvida. Cuando la Iglesia guarda silencio ante la violencia estructural —la pobreza heredada, la economía que excluye, la criminalización selectiva— entonces la sal se vuelve insípida.

No toda violencia aprieta un gatillo. Algunas firman contratos, otras redactan políticas, otras se lavan las manos en nombre del “orden”. Y Jesús dice: si la sal no duele, si no arde, si no incomoda, no sirve para nada.

2. Luz frente al apagón moral: “Ustedes son la luz del mundo”

La luz no grita, alumbra. Pero al alumbrar, expone. Por eso tanta gente prefiere una fe privada, silenciosa, una luz tapada con el miedo, con la comodidad, con el “no me quiero meter en problemas”.

Jesús es claro: la luz que se esconde traiciona su razón de ser. No se enciende una vela para protegerla, se enciende para revelar la verdad, aunque duela, aunque incomode, aunque provoque rechazo.

Luz en medio de la migración y el miedo. Hoy en Puerto Rico hay gente viviendo con miedo: migrantes perseguidos, familias separadas, trabajadores esenciales tratados como desechables.

Y frente a eso, el silencio institucional se disfraza de prudencia. Pero Jesús no dijo: “Bienaventuradas las personas prudentes”. Dijo: “Bienaventuradas las personas que tienen hambre y sed de justicia”. La luz del Evangelio no pregunta si es conveniente. Alumbra. Y al alumbrar, expone.

Expone leyes injustas. Expone redadas normalizadas. Expone una fe que ora mucho, pero protege poco.

3. “No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”

Jesús no defiende la ley como control, sino como camino de justicia. La ley sin misericordia oprime. La ley sin justicia es violencia legal. Y la religión que se conforma con “cumplir” pero no ama, no libera, no transforma, no es del Reino-Comunidad.

Por eso Jesús va más allá:
No basta con no matar — hay que desmantelar el odio.
No basta con no adulterar — hay que sanar el deseo que cosifica.
No basta con rezar — hay que vivir de otra manera.

La justicia del Reino-Comunidad no es obediencia ciega, es fidelidad valiente. No es apariencia moral, es coherencia encarnada. Una fe que no se nota en la calle, en la política, en la economía, en la defensa de la vida no entra en el Reino-Comunidad porque nunca salió del templo.

Isaías 58:1-9 nos recuerda que la adoración verdadera no se reduce al ritual, sino que se vive en la justicia y la compasión.
1 Corintios 2:1-12 nos habla del don del Espíritu Santo, que nos capacita para entender y vivir la sabiduría de Dios más allá de la apariencia.

Mis queridas hermanas y hermanos, ser sal y luz no es un privilegio espiritual. Es una responsabilidad peligrosa. Porque la sal se gasta, y la luz se quema. Pero Jesús no busca personas creyentes intactas, busca discípulos y discípulas útiles para la vida.

Que no nos recuerden por lo que dijimos, sino por lo que nos atrevimos a iluminar y por las heridas donde nos atrevimos a arder.

Amén & Ashe.

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