Quinto domingo después de Pentecostés- Propio 8– 28 de junio de 2026
Genesis 22:1-14; Salmo 13; Romanos 6:12-23; Mateo 10:40-42
En el Evangelio de Mateo 10:40-42, Jesús dice: “Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me envió… Y cualquiera que dé aunque sea un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo, les aseguro que no perderá su recompensa”.
1. Jesús se identifica con las personas enviadas y con las pequeñas
Lo radical de este texto es que Jesús rompe con la idea de un Dios lejano. Cristo se deja encontrar en la gente concreta. Recibir a una persona es recibir a Dios. Rechazar a una persona es rechazar a Dios.
La espiritualidad cristiana no consiste solamente en amar a un Cristo invisible, sino en abrir la puerta al Cristo que llega con rostro humano.
Por eso la pregunta es incómoda: ¿A quiénes estamos recibiendo y a quiénes estamos rechazando?
Porque es posible llenar los templos y al mismo tiempo cerrar las puertas a las personas pobres, migrantes, personas LGBTQ+, personas con problemas de salud mental, personas usuarias de drogas, o cualquiera cuya presencia incomode nuestra tranquilidad religiosa.
2. El Reino de Dios se construye con hospitalidad, no con exclusión
En tiempos donde la cultura promueve el individualismo, Jesús presenta la hospitalidad como una práctica revolucionaria.
Un vaso de agua parece algo insignificante. Pero para Jesús, ningún acto de compasión es pequeño.
La lógica del imperio pregunta: ¿Qué gano? ¿Qué me cuesta? ¿Qué recibo a cambio?
La lógica del Reino-Comunidad pregunta: ¿Quién tiene sed? ¿Quién necesita ser recibido? ¿Quién está caminando solo o sola?
Porque el Reino-Comunidad no se construye con grandes discursos, sino con pequeños gestos que afirman la dignidad humana.
3. La recompensa no es un premio futuro; es participar de la vida de Dios
Jesús no está promoviendo una espiritualidad de premios y castigos.
La recompensa es convertirnos en una comunidad donde nadie sea invisible.
Cada vez que ofrecemos un vaso de agua, una palabra de esperanza, una visita, una escucha sincera, una mesa compartida, estamos haciendo visible el Reino de Dios.
La Eucaristía misma nos recuerda que nadie se alimenta solo.
4. Una Iglesia que no sabe recibir, deja de parecerse a Jesús
La Iglesia no fue llamada a ser una aduana de la gracia, sino una mesa abierta.
Cuando la Iglesia selecciona quién merece ser amado y quién no, deja de reflejar a Cristo. Porque Jesús no dijo: “Quien recibe a las personas perfectas me recibe a mí.” Dijo: “Quien recibe a ustedes, me recibe a mí.”
Cristo sigue llegando disfrazado de humanidad. Y muchas veces aparece donde menos esperamos.
Preguntas para ponernos a Pensar:
- ¿Quiénes son “los pequeños” que nuestra sociedad y nuestra Iglesia todavía ignoran?
- ¿Estamos ofreciendo vasos de agua o levantando muros?
- ¿Es nuestra comunidad un refugio para las personas heridas o un tribunal para juzgarlas?
- ¿Reconocemos a Cristo en quienes son diferentes a nosotros?
Conclusión
Mateo 10:40-42 nos recuerda una verdad subversiva: Dios no llega solamente por medio de los altares; también llega por medio de las personas. Y quizá el juicio final no sea cuánto sabíamos de Dios, sino cuánto supimos recibir a Cristo cuando vino con sed, cansancio, lágrimas y rostro humano.
Porque al final, el Evangelio no pregunta: ”¿Cuántas doctrinas defendiste?”
Sino: ”¿Le diste un vaso de agua a alguien que tenía sed?” En el Reino de Dios, ningún gesto de amor es pequeño y ninguna persona es insignificante. Este es el Evangelio de la hospitalidad.
Amen & Ashe
Puedes leer todos los sermones del Padre Luis Barrios en la sección de Sermones.


