Tercer Domingo después de Pentecostés- Propio 614 de junio de 2026

Genesis 18:1-15; Salmo 116:1,10-17; Romanos 5:1-8; Mateo 9:35-10:8

Mateo 9:36“Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.”

Jesús no mira a la multitud desde lejos. No la observa como una estadística, un problema social o una amenaza. La mira profundamente. Y cuando la ve, algo se mueve en sus entrañas. El texto dice que tuvo compasión. En el griego bíblico, esta palabra no describe una emoción superficial; describe un estremecimiento interior, una conmoción que nace de las profundidades del ser.

La compasión de Jesús no es lástima. La lástima mira desde arriba. La compasión se pone al lado. La lástima mantiene distancia. La compasión se involucra. La lástima da una moneda. La compasión transforma estructuras.

Lo radical del Evangelio es que Jesús no tuvo compasión porque la gente fuera perfecta, religiosa o agradecida. Tuvo compasión porque estaba herida, confundida, cansada y abandonada. Jesús reconoce el sufrimiento humano antes que el pecado humano. Ve personas, no categorías.

La pregunta incómoda para la Iglesia es esta: ¿Qué vemos cuando miramos a nuestro pueblo? ¿Vemos personas agotadas por la pobreza, la violencia, el colonialismo, la exclusión, la soledad y la desesperanza? ¿O solamente vemos personas que no cumplen nuestras normas religiosas?

En Vieques, en Puerto Rico en general y en tantos lugares del mundo, las multitudes siguen desamparadas. Hay personas adultas mayores olvidadas, jóvenes que sienten que no tienen futuro, familias aplastadas por la desigualdad, personas LGBTQ+ rechazadas en nombre de Dios, personas que cargan heridas invisibles mientras la sociedad les exige sonreír.

Jesús no pasa de largo frente a estas realidades. Tampoco nos permite pasar de largo.

La compasión auténtica siempre conduce a la acción. Jesús no solamente sintió compasión; alimentó, sanó, liberó, denunció y organizó comunidad. Su compasión se convirtió en justicia encarnada.

Por eso, una Iglesia sin compasión se convierte en una institución religiosa, mientras que una Iglesia con compasión se convierte en el Cuerpo de Cristo. Una Iglesia que no llora con el pueblo termina sirviendo al poder, mientras que una Iglesia que siente el dolor del pueblo termina participando en la construcción del Reino de Dios.

Genesis 18:1-15: En esta narrativa bíblica, Dios le hace una promesa milagrosa a Sara, a pesar de su avanzada edad y sus problemas de infertilidad. A pesar de la incredulidad y las dudas iniciales de Sara, Dios muestra su fidelidad y poder inquebrantables al asegurarle que tendrá un hijo. Esta promesa no solo demuestra la capacidad de Dios para cumplir lo que a los ojos humanos puede parecer imposible, sino que también revela su naturaleza amorosa y confiable para cumplir su palabra, incluso ante el escepticismo. Esta profunda promesa nos invita a reflexionar sobre nuestras propias vidas y los momentos en que podemos cuestionar los planes de Dios o dudar de sus promesas.

Romanos 5:1-8: Esta narrativa bíblica trata sobre cómo, mediante la fe en Jesucristo, las personas creyentes tienen paz con Dios, esperanza en su gloria y experimentan su amor inagotable, demostrado por el sacrificio de Cristo en la cruz. Este versículo resume a la perfección el mensaje central de la fe cristiana: el poder transformador de la fe en Jesucristo. Creer en Él nos reconcilia con Dios y nos invita a experimentar su amor y gracia infinitos.

Hoy Jesús sigue mirando las multitudes. La verdadera pregunta es: ¿Nos atreveremos a mirar con los ojos de Jesús?

Porque la compasión cristiana no consiste en sentir pena por quienes sufren. Consiste en amar tanto que ya no podemos permanecer indiferentes.

Y cuando la compasión de Cristo invade nuestras entrañas, dejamos de preguntarnos cómo llegar al cielo y comenzamos a preguntarnos cómo traer el cielo a la tierra. Tratemos de que el dolor del pueblo se convierta en la misión de la Iglesia. Necesitamos iglesias con ministerios compasivos.

Amén & Ashe

Puedes leer todos los sermones del Padre Luis Barrios en la sección de Sermones.