Éxodos 20:1-4, 7-9, 12-20; Salmo 19; Filipenses 3:4b-14; Mateo 21:33-46

Decimonoveno domingo después de Pentecostés- Propio 22- 4 de octubre 2026

Hermanas, hermanos y toda persona que hoy comparte esta mesa: Hoy en esta reflexión estaré argumentando que la fe no es propiedad privada. Nadie puede ponerle verja a Dios, apropiarse del Evangelio ni convertir la Iglesia en una finca donde unos pocos deciden quién entra, quién pertenece y quién merece sentarse a la mesa. La fe que Jesús anuncia no se acumula, se comparte; no produce privilegios, produce frutos; no levanta fronteras, las desmantela. Somos personas cuidadoras de una viña que no nos pertenece.

Por eso, cuando la religión se utiliza para controlar, excluir, enriquecerse o defender privilegios, deja de servir al Reino-Comunidad y comienza a parecerse al imperio. Dios no nos entregó la viña para adueñarnos de ella, sino para cultivarla hasta que produzca justicia, dignidad, solidaridad y vida para todas las personas.

Hay una pregunta incómoda atravesando las lecturas de esta mañana: ¿Qué hacemos con aquello que Dios ha puesto en nuestras manos? Porque uno de nuestros grandes problemas espirituales comienza cuando confundimos administrar con poseer.

Nos entregan una viña y terminamos creyéndonos dueños de la tierra, nos confían una iglesia y creemos que la iglesia nos pertenece, nos dan autoridad y pensamos que tenemos derecho a controlar, nos entregan recursos y comenzamos a acumularlos, nos dan una posición y la convertimos en privilegio, nos confían el Evangelio y terminamos utilizándolo para decidir quién entra y quién queda fuera.

Y Jesús hoy nos dice: ¡Cuidado! La viña no es nuestra.

La ley comienza con una liberación

Éxodo 20 nos presenta los Diez Mandamientos. Pero antes de escuchar mandamientos tenemos que recordar quién está hablando. Dios no comienza diciendo: “Yo soy el Dios que manda.” Comienza recordando:

“Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.”

Ese detalle cambia completamente nuestra lectura. Los mandamientos nacen después de la liberación. Primero Dios rompe las cadenas. Después enseña al pueblo cómo vivir en libertad.

Por eso la Ley no debería entenderse simplemente como una lista religiosa de prohibiciones. Es también un proyecto comunitario para impedir que quienes fueron esclavizados terminen reproduciendo entre sí la lógica de Egipto. Dios parece decir: Los saqué del imperio; ahora tenemos que sacar el imperio de ustedes.

Porque podemos salir geográficamente de Egipto y continuar llevando al faraón por dentro. Podemos ser personas liberadas y continuar oprimiendo, podemos hablar de justicia mientras explotamos, podemos predicar amor mientras excluimos, podemos celebrar liturgias mientras ignoramos el sufrimiento del prójim@, podemos salir de Egipto sin que Egipto salga de nosotr@s.

Por eso hasta el descanso se convierte en mandamiento. “Acuérdate del día de reposo para santificarlo.” En una sociedad que mide el valor de una persona por cuánto produce, el descanso puede convertirse en resistencia. El cuerpo humano no es una máquina. La persona pobre no es mano de obra descartable, la persona migrante no es simplemente fuerza laboral, la persona envejecida no pierde su dignidad porque ya no produzca.

Nuestra dignidad no depende de nuestra productividad. El Salmo 19: una ley que devuelve la vida. El salmista declara: “La ley del Señor es perfecta, que aviva el alma.” La ley de Dios no debería matar. Debería avivar.

Por eso tenemos que preguntarnos algo incómodo: Si nuestra interpretación religiosa destruye la dignidad humana, ¿estamos interpretando correctamente?

Si nuestra teología produce miedo, exclusión, racismo, misoginia, homofobia, desprecio por las personas pobres o indiferencia frente al sufrimiento, tenemos que volver al texto. Porque la Palabra que viene de Dios debe conducirnos hacia la vida.

Entonces aparece Pablo. Y Pablo hace algo extraordinario en Filipenses 3. Presenta su currículo. Tiene apellido religioso, tiene tradición, tiene formación, tiene credenciales, tiene reconocimiento. Tiene estatus. Y después declara:

Todo aquello que antes consideraba ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo.

Pablo descubre algo fundamental: el privilegio religioso también puede convertirse en obstáculo para encontrarnos con Jesús. No porque la educación, la tradición o la institución sean malas. El problema comienza cuando las convertimos en superioridad. Cuando creemos que nuestros títulos nos hacen más importantes, cuando nuestra ordenación nos hace pensar que somos dueños del altar, cuando nuestra denominación nos hace creer que tenemos monopolio sobre Dios, cuando confundimos conocimiento bíblico con superioridad espiritual.

Pablo coloca todo eso en segundo plano. Porque descubrió que seguir a Jesús no consiste en proteger una posición. Consiste en caminar.

Entonces Jesús cuenta una historia peligrosa. Un propietario prepara una viña.

La cerca. Construye un lagar. Levanta una torre. Y finalmente la entrega a unos labradores. Aquí está el detalle fundamental: ellos trabajan la viña, pero no son propietarios de la viña. Sin embargo, comienzan a comportarse como dueños.

Cuando llegan quienes vienen a reclamar los frutos, los golpean. A otros los matan.

Finalmente llega el hijo. Y entonces dicen: “Este es el heredero; venid, matémosle y apoderémonos de su herencia.”

Ahí queda expuesta la enfermedad del poder: convertir lo confiado en propiedad.

Ese pecado continúa apareciendo. La tierra no es nuestra. La creación no es nuestra. La iglesia no es nuestra. El ministerio no es nuestro. Los sacramentos no son nuestros. El Evangelio no es nuestro. Las comunidades que pastoreamos no son nuestras. Incluso nuestros cargos son temporales. Todo nos ha sido confiado.

Somos labradores y labradoras. No propietarios.

Las cuatro lecturas se encuentran en una misma afirmación: la fe no es propiedad privada, sino responsabilidad comunitaria. En Éxodo 20, Dios entrega una Ley a un pueblo liberado para que no reproduzca las relaciones de dominación de Egipto; el Salmo 19 proclama que esa Ley debe restaurar la vida, iluminar y producir sabiduría; en Filipenses 3, Pablo renuncia a convertir su linaje, formación y credenciales religiosas en privilegios y reconoce que seguir a Cristo exige dejar atrás aquello que nos hace sentir superiores; y en Mateo 21, Jesús denuncia a los labradores que olvidaron que eran cuidadores y quisieron convertirse en dueños de la viña. El hilo radical es claro: Dios libera, la Palabra humaniza, Cristo desmonta nuestros privilegios y el Reino-Comunidad exige frutos. La viña no nos pertenece; nos corresponde cuidarla para que produzca justicia, dignidad, solidaridad y vida para todas las personas. Amen & Ashe.

Puedes leer todos los sermones del Padre Luis Barrios en la sección de Sermones.