Homilía de inicio del ministerio pastoral del Revdo. Padre Luis Barrios, PhD

Iglesia Episcopal La Presentación del Señor — Gurabo, Puerto Rico

Domingo 8 de noviembre de 2026 | Vigésimo cuarto domingo después de Pentecostés

Lecturas: Josué 24:1-3a, 14-25; Salmo 78:1-7; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Mateo 25:1-13.

Hermanas y hermanos, hoy no hemos llegado a cambiar de sacerdote; llegamos a renovar nuestro compromiso con Dios

Hoy no estamos celebrando simplemente un cambio administrativo. Hoy estamos viviendo un momento profundamente espiritual, comunitario y profético. El Padre Carlos Vélez concluye su ministerio como vicario de esta comunidad y este servidor, el Padre Luis Barrios, comienza una nueva etapa caminando junto a ustedes.

Y quiero comenzar diciendo algo con toda claridad: yo no vengo a sustituir al Padre Carlos. Vengo a continuar, junto a ustedes, la obra de Dios.

Porque un sacerdote puede marcharse, pero el Evangelio permanece. Un vicario puede cambiar, pero la misión de Jesucristo no se interrumpe. Los liderazgos pasan, pero el pueblo de Dios continúa caminando.

Hoy quiero agradecer al Padre Carlos por su ministerio, por sus sacrificios visibles e invisibles, por sus alegrías y sus luchas, por las semillas que sembró y por aquellas que todavía están germinando. No todo lo que sembramos nos corresponde cosecharlo. Y no todo lo que cosechamos fue sembrado por nuestras manos.

El ministerio no es propiedad privada. La Iglesia tampoco. Por eso, hoy no quiero que me reciban como el sacerdote que viene a resolverles todos los problemas. Quiero que me reciban como un hermano que viene a caminar con ustedes, a escucharles, a aprender de ustedes, a orar con ustedes y, cuando sea necesario, a incomodarnos mutuamente con las exigencias del Evangelio.

Porque una Iglesia que solamente consuela, pero nunca cuestiona las estructuras que producen sufrimiento, corre el peligro de convertirse en administradora religiosa de la injusticia. Y Jesús no nos llamó a administrar resignaciones. Nos llamó a anunciar el Reino de Dios.

2. Josué: la Iglesia tiene que decidir a quién va a servir

La primera lectura nos coloca frente a una decisión radical.

Josué reúne al pueblo de Israel y le recuerda su historia. Les recuerda de dónde vienen, las esclavitudes que atravesaron y la fidelidad de Dios durante su caminar.

Pero Josué no se conforma con recordar el pasado. Les exige tomar una decisión en el presente: «Escojan hoy a quién van a servir».

Esa misma pregunta debemos hacernos hoy en La Presentación del Señor.

¿A quién vamos a servir?, ¿a nuestras costumbres o al Evangelio?, ¿a la comodidad institucional o a las necesidades del pueblo? ¿A los privilegios de unos pocos o a la dignidad de todas las personas?

Porque podemos tener una iglesia hermosa, una liturgia organizada, un altar bien preparado y una comunidad respetuosa, pero si no somos capaces de reconocer el sufrimiento de nuestro pueblo, algo esencial nos está faltando.

No estoy diciendo que esta comunidad haya olvidado su misión. Estoy diciendo que toda comunidad cristiana, incluyendo a su nuevo vicario, necesita examinar continuamente su fidelidad al Evangelio.

En Gurabo hay familias que necesitan acompañamiento. Hay personas mayores que enfrentan la soledad, hay jóvenes buscando sentido y oportunidades, hay personas heridas por la violencia, la exclusión, la pobreza, la discriminación y el abandono. Y la pregunta no es solamente cuántas personas vienen a nuestra iglesia.

La pregunta también es: ¿a cuántas personas llega nuestra Iglesia cuando salimos de sus puertas?

No podemos hablar de salvación ignorando las condiciones que destruyen la vida humana, no podemos predicar el amor mientras practicamos la exclusión.

No podemos proclamar la dignidad humana y guardar silencio ante su negación.

Desde la teología de la liberación aprendemos que la fe no es una evasión de la historia, sino un compromiso transformador dentro de ella.

Por eso, quiero proponerles que nuestra primera decisión pastoral sea muy sencilla, pero profundamente radical: En La Presentación del Señor no vamos a preguntarnos primero quién merece entrar. Vamos a preguntarnos por qué alguien todavía se siente fuera.

Porque aquí queremos construir una comunidad donde nadie quede fuera de nuestra dignidad, nuestro cuidado y nuestro amor.

3. El Salmo y la Epístola: una Iglesia con memoria, esperanza y futuro

El Salmo 78 nos recuerda la responsabilidad de transmitir a las nuevas generaciones las obras maravillosas de Dios. Esto significa que la Iglesia no puede vivir de espaldas a su historia. La memoria es una responsabilidad espiritual.

Hoy damos gracias por quienes levantaron esta comunidad, por quienes sostuvieron su misión antes que nosotr@s, por las mujeres y los hombres que trabajaron silenciosamente, por quienes enseñaron, limpiaron, cocinaron, visitaron personas enfermas, acompañaron familias y mantuvieron viva la esperanza.

También damos gracias por el ministerio del Padre Carlos.

Pero la memoria cristiana no puede convertirse en nostalgia paralizante. Honrar el pasado no significa vivir atrapados en él. Significa reconocer sus enseñanzas y atrevernos a construir un futuro más fiel al Evangelio.

La Iglesia que no transmite esperanza a las nuevas generaciones termina convirtiéndose en un museo de sus propias tradiciones. Y yo no quiero pastorear un museo religioso. Quiero acompañar una comunidad viva. ¡En esta Iglesia cabemos todas y todos! Aquí tienen un lugar quienes han sido rechazad@s por su apariencia física, su salud mental, sus emociones, sus capacidades intelectuales, su orientación sexual, su identidad o sus diferencias, su condición económica, etc.

¡Aquí nadie es menos, nadie sobra y nadie es extranjer@ en la familia de Dios!

Porque antes de cualquier etiqueta, somos hijos e hijas de Dios, cread@s con dignidad y amados sin condiciones. ¡Esta Iglesia no viene a levantar muros, sino a abrir puertas; no viene a condenar vidas, sino a abrazarlas! ¡Aquí no solamente te aceptamos: aquí perteneces, aquí tienes voz y aquí cabes tal como eres! ¡Porque nuestra misión es traer el cielo a la tierra!

La segunda lectura, de la Primera Carta a los Tesalonicenses, nos habla de la esperanza frente a la muerte. Pablo nos recuerda que no debemos entristecernos como quienes no tienen esperanza. Esto no significa que las personas cristianas no suframos. Significa que el sufrimiento no tiene la última palabra.

Y esa enseñanza también es importante para una transición pastoral. Toda despedida contiene alguna forma de duelo. Cambiar de sacerdote puede despertar tristeza, incertidumbre, temor e incluso resistencia. Es humano. No tenemos que negar esos sentimientos.

Pero la esperanza cristiana nos permite reconocer que Dios continúa acompañándonos en medio de los cambios. La esperanza no consiste en negar lo que termina. Consiste en confiar en que Dios puede abrir nuevos caminos.

Por eso, hoy quiero decirles algo: No les pediré que olviden al Padre Carlos para que puedan caminar conmigo.

Les invitaré a honrar con gratitud y amor su ministerio, reconociendo y celebrando sus logros, perdonando con misericordia sus errores y aprendiendo de ellos para seguir creciendo como comunidad. Porque honrar su legado no significa quedarnos en el pasado, sino continuar construyendo junt@s lo que todavía nos corresponde realizar en el proyecto liberador de Jesús.

La gratitud por quien se marcha y la bienvenida a quien llega no son sentimientos contradictorios. Son expresiones de una misma comunidad que continúa amando.

4. Mateo: una Iglesia con las lámparas encendidas

Llegamos al Evangelio. Jesús nos presenta la parábola de las diez jóvenes que esperan al esposo. Una parábola sexista y heterosexista. Cinco son prudentes y cinco no se preparan adecuadamente. Todas tienen lámparas. Pero no todas tienen suficiente aceite.

Y aquí aparece una pregunta profundamente provocadora para nuestra Iglesia:

¿De qué sirve tener una lámpara si no tenemos aceite para mantenerla encendida? Podemos interpretar la lámpara como nuestra identidad cristiana, nuestra tradición episcopal, nuestra liturgia y nuestras estructuras eclesiásticas.

Pero el aceite representa aquello que mantiene viva nuestra respuesta al Evangelio: la fe activa, la perseverancia, la justicia, la misericordia y el amor convertido en práctica cotidiana.

Sin ese compromiso, la lámpara puede convertirse en un adorno religioso.

Una Iglesia puede tener edificios, presupuestos, vestimentas litúrgicas, comités y reglamentos, pero si pierde su capacidad de amar, escuchar y servir, su luz comienza a apagarse.

Y quiero decirlo con mucho respeto, pero con absoluta convicción: La mayor amenaza para una Iglesia no es que disminuya su membresía. Es que disminuya su capacidad de amar.

La mayor amenaza no es que cambie su vicario. Es que deje de escuchar al Espíritu Santo. La mayor amenaza no es que cambien las costumbres. Es que las costumbres se conviertan en obstáculos para vivir el Evangelio.

Y debemos recordar que la parábola de Jesús también contiene una advertencia: no podemos dejar para mañana la fidelidad que Dios nos está pidiendo hoy. No podemos esperar a que desaparezca la pobreza para comenzar a practicar la solidaridad, no podemos esperar a que termine la violencia para comenzar a construir la paz, no podemos esperar a que todas las personas piensen igual para comenzar a vivir como comunidad, no podemos esperar a tener todos los recursos para comenzar a servir.

El Evangelio nos invita a estar preparad@s. Y estar preparados no significa vivir obsesionados con el fin del mundo. Significa vivir de tal manera que, cuando Cristo llegue, nos encuentre haciendo aquello que nos enseñó. Que nos encuentre compartiendo el pan ,que nos encuentre defendiendo la dignidad humana, que nos encuentre acompañando a quienes sufren, que nos encuentre construyendo comunidad, que nos encuentre con las lámparas encendidas.

Y aquí quiero hacer una distinción importante: el aceite de esta parábola no debe convertirse en una excusa para el individualismo espiritual. La preparación personal que Jesús reclama tiene consecuencias comunitarias. No podemos sustituir la responsabilidad de cada persona, pero sí podemos acompañarnos para que nadie tenga que caminar en soledad.

Por eso, en esta nueva etapa pastoral quiero que nos hagamos una pregunta cada domingo: ¿Qué hicimos durante esta semana para que alguien experimentara el amor de Dios a través de nuestra comunidad?

Porque una Iglesia despierta no es simplemente una Iglesia que espera a Cristo.

Es una Iglesia que aprende a reconocerlo en la vida cotidiana.

5. Mi compromiso pastoral: no vengo a mandar, vengo a caminar

Hermanas y hermanos: Hoy comienzo mi ministerio como vicario de La Presentación del Señor. No llego con todas las respuestas. Llego con preguntas, con experiencia, con convicciones, con esperanza y también con mis propias limitaciones. No pretendo ser un sacerdote perfecto. Quiero ser un sacerdote presente.

Un sacerdote que escuche antes de juzgar. Que acompañe antes de condenar, que dialogue antes de imponer, que sepa pedir perdón cuando se equivoque, que tenga el valor de denunciar la injusticia, pero también la humildad de reconocer sus propias contradicciones.

Quiero que construyamos una Iglesia profundamente episcopal, profundamente evangélica, profundamente inclusiva y profundamente comprometida con la realidad social de Gurabo y el resto de Puerto Rico.

Una Iglesia donde la oración nos lleve a la acción. Donde la Eucaristía nos enseñe a compartir el pan. Donde el bautismo nos recuerde que nuestra dignidad no depende del dinero, del apellido, de la condición social, de la orientación sexual ni de nuestra historia personal. Una Iglesia donde la fe no se reduzca a creer correctamente, sino que también nos enseñe a amar radicalmente.

Y quiero compartirles una convicción que ha acompañado mi ministerio: La Iglesia no existe para que las personas escapen del mundo. Existe para que, fortalecidas por Dios, puedan regresar al mundo y transformarlo con amor, justicia y esperanza.

No quiero una Iglesia encerrada en sus cuatro paredes. Quiero una Iglesia que conozca las calles de Gurabo. Que conozca los nombres de sus vecin@s, que escuche el dolor de las familias, que dialogue con la juventud, que acompañe a las personas mayores, que se acerque a quienes han perdido la esperanza.

Y sobre todo, una Iglesia que no tenga miedo de convertirse pastoralmente una y otra vez. Porque la conversión no es solamente una exigencia para quienes están fuera de la Iglesia. La Iglesia también necesita convertirse. Y sus sacerdotes y presbíteras también. Yo también.

Conclusión: el futuro comienza con una decisión

Hoy Josué nos pregunta a quién vamos a servir.

El salmista nos invita a recordar y transmitir las maravillas de Dios.

Pablo nos llama a sostenernos mutuamente en la esperanza.

Y Jesús nos exige mantener nuestras lámparas encendidas.

Las cuatro lecturas convergen en una misma invitación: no basta con pertenecer al pueblo de Dios; tenemos que vivir como pueblo de Dios.

Padre Carlos, gracias por el camino recorrido, por el servicio ofrecido y por las semillas sembradas. Que Dios continúe bendiciendo su vida y su vocación.

Y a ustedes, querida comunidad de La Presentación del Señor, les digo:

No vengo a pedirles que caminen detrás de mí.

Vengo a invitarlos a caminar juntos detrás de Jesús.

No vengo a construir mi Iglesia.

Vengo a servir con ustedes a la Iglesia de Jesucristo.

No vengo a imponer un proyecto personal.

Vengo a discernir comunitariamente lo que el Espíritu Santo nos está llamando a ser.

Y si alguna vez nuestras lámparas comienzan a apagarse, que tengamos la valentía de reconocerlo, buscar nuevamente el aceite y encenderlas juntos.

Porque el Evangelio no necesita una Iglesia perfecta.

Necesita una Iglesia fiel, despierta, humilde, valiente y dispuesta a amar.

Que este 8 de noviembre no sea recordado solamente como el día en que cambió el vicario.

Que sea recordado como el día en que renovamos nuestro compromiso de ser una comunidad que ora, sirve, resiste las injusticias, acompaña el sufrimiento y anuncia con sus acciones que el Reino de Dios está entre nosotros.

Porque cambia el vicario, pero no cambia el Evangelio. Cambia el pastor, pero no cambia el Buen Pastor. Y cuando la Iglesia mantiene encendida la lámpara de la justicia y del amor, la oscuridad nunca tiene la última palabra.

Amén, Shalom y Ashé

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