Éxodos 33:12-23; Salmo 99; 1 Tesalonicenses 1:1-10; Mateo 22:15-22

Hermanas y hermanos. En el día de hoy estaré argumentando que Dios no puede ser utilizado para legitimar el poder político, económico o religioso que deshumaniza. La verdadera fidelidad a Dios se demuestra cuando defendemos su imagen en cada ser humano y construimos una comunidad donde la justicia, la dignidad y la vida estén por encima de cualquier imperio.

Las lecturas de hoy nos colocan frente a una pregunta profundamente incómoda: ¿A quién le pertenece nuestra vida: a Dios o a los poderes que pretenden administrarla?

En el Evangelio, los fariseos y los herodianos intentan tenderle una trampa a Jesús. Le preguntan si es lícito pagar impuestos al César. No se trata de una simple consulta económica. Es una pregunta política en una Palestina sometida al Imperio romano.

Si Jesús rechaza el impuesto, puede ser acusado de rebelión. Si lo aprueba sin reservas, puede aparecer como colaborador de un sistema imperial que oprime a su pueblo. Pero Jesús no acepta las reglas de la trampa. Pide una moneda y pregunta: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le responden: «Del César».

Entonces pronuncia una de las afirmaciones más provocadoras del Evangelio: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Durante siglos, estas palabras se han utilizado para justificar una separación absoluta entre religión y política, como si Jesús estuviera diciendo que el poder político puede hacer lo que quiera mientras la Iglesia se dedica a rezar.

Pero esa interpretación deja sin responder la pregunta más radical: ¿Qué le pertenece verdaderamente a Dios? La moneda lleva la imagen del César. Pero el ser humano lleva la imagen de Dios, como proclama Génesis 1:27. Por tanto, si la moneda lleva la imagen del emperador, pero la humanidad lleva la imagen de Dios, ningún emperador, gobierno, mercado o institución religiosa puede reclamar la propiedad absoluta sobre las personas.

¡Al César podrán darle su moneda, pero jamás deben entregarle la dignidad humana! Y aquí comienza el escándalo del Evangelio. Porque el problema no es solamente quién cobra los impuestos. El problema es quién controla la tierra, quién acumula las riquezas, quién decide quién merece vivir dignamente y quién termina condenado a sobrevivir.

En Puerto Rico, al ser una colonia, conocemos las consecuencias de vivir bajo estructuras de poder en las que decisiones fundamentales sobre nuestra economía y nuestro futuro se toman lejos de nuestras comunidades. Por eso, la pregunta de Jesús nos invita a examinar críticamente toda relación de poder que coloque intereses económicos o políticos por encima del bienestar colectivo.

Una Iglesia que predica el Evangelio no puede conformarse con bendecir las estructuras existentes. Tiene que preguntarse si esas estructuras protegen o niegan la imagen de Dios en las personas.

Pero Éxodo nos lleva todavía más lejos. Moisés le dice a Dios: «Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí». Moisés comprende algo fundamental: no basta con salir geográficamente de Egipto si seguimos reproduciendo espiritualmente sus relaciones de dominación.

Podemos salir de Egipto y continuar llevando al faraón dentro de nosotros, podemos hablar de liberación mientras practicamos autoritarismo, podemos denunciar el colonialismo mientras reproducimos relaciones coloniales en nuestras iglesias, podemos condenar la injusticia social mientras mantenemos privilegios religiosos que excluyen a otras personas.

Por eso, la presencia de Dios no puede reducirse a una garantía religiosa de que todo lo que hacemos está correcto. Moisés pide conocer los caminos de Dios, no simplemente recibir autorización divina para sus propios proyectos.

Y Dios le responde revelando su bondad. Esto es profundamente importante: la gloria de Dios no se reduce a una demostración espectacular de poder. Está vinculada a su libertad, su misericordia y su bondad.

El Salmo 99 completa esta visión cuando proclama que Dios ama la justicia y ha establecido la equidad. No estamos hablando de un Dios neutral frente a la injusticia. Estamos hablando de un Dios cuya santidad cuestiona la arrogancia humana y cuya justicia exige responsabilidad.

La santidad de Dios no puede convertirse en excusa para la indiferencia humana.

Por eso, cuando una Iglesia se preocupa más por proteger su reputación que por acompañar a las víctimas, ha confundido la gloria de Dios con su propia gloria institucional.

Cuando una Iglesia guarda silencio ante la pobreza, el racismo, la violencia machista, la exclusión de personas LGBTQ+ o la criminalización de quienes viven con adicciones, necesita preguntarse si está escuchando al Dios del Éxodo o acomodándose a los faraones contemporáneos.

Y entonces aparece Pablo en su primera carta a los Tesalonicenses. Pablo agradece a Dios por tres características de aquella comunidad: la obra de su fe, el trabajo de su amor y la constancia de su esperanza. Observen que Pablo no felicita a la comunidad por sus edificios, su presupuesto, su prestigio o la cantidad de personas que asisten a sus celebraciones.

Reconoce una fe que trabaja, un amor que se esfuerza y una esperanza que persevera. ¡Eso es Iglesia! La fe no es solamente creer correctamente. Es actuar responsablemente. El amor no es solamente sentir afecto. Es comprometerse con la dignidad de otras personas.

La esperanza no es esperar pasivamente que Dios resuelva nuestros problemas. Es perseverar en la construcción de alternativas cuando las circunstancias parecen negar toda posibilidad de transformación.

Porque la Iglesia no fue llamada a convertirse en capellana del imperio, sino en testigo del Reino-Comunidad de Dios.

Hermanas y hermanos: Hoy Jesús nos vuelve a mostrar la moneda y nos pregunta: «¿De quién es esta imagen?». Pero también nos invita a mirar el rostro de la persona empobrecida, de la mujer violentada, del migrante rechazado, de la persona encarcelada, de quien vive en soledad y de quienes luchan por una vida digna.

Y entonces la respuesta es clara: ¡Esa imagen es de Dios! Por eso, defender la dignidad humana no es una actividad secundaria de la Iglesia. Es una expresión fundamental de nuestra fidelidad al Evangelio.

No podemos entregar al César lo que pertenece a Dios, no podemos entregar nuestra conciencia a las personas poderosas, no podemos entregar la justicia al mercado.

Y no podemos entregar la Iglesia a quienes pretenden convertirla en instrumento de legitimación de la injusticia. La pregunta decisiva no es solamente cuánto dinero le damos al César, sino cuánta humanidad estamos dispuestos a sacrificar para mantenerlo satisfecho.

Que nuestra fe sea trabajo, nuestro amor sea compromiso y nuestra esperanza sea resistencia creadora. Porque el Dios que acompañó a Moisés, que ama la justicia según el salmista, que fortaleció a la comunidad de Tesalónica y que habló con valentía frente al poder imperial sigue llamándonos a vivir una fe que no se arrodille ante ningún César.

¡Que el César se quede con sus monedas, pero que jamás se quede con nuestra conciencia, nuestra dignidad ni nuestra humanidad! Recuerda; la fe no se arrodilla.

Amen & Ashe

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