Éxodos 32:1-14; Salmo 106:1-6, 19-23; Filipenses 4:1-9; Mateo 22:1-14
Vigésimo Domingo después de Pentecostés- Propio 23- 11 de octubre 2026
En esta reflexión de hoy estaré argumentando que Dios sigue poniendo la mesa, pero nosotr@s seguimos fabricando becerros para no sentarnos con quienes Dios invita. El problema no es que falte invitación; es que una mesa verdaderamente abierta exige abandonar nuestros ídolos, privilegios y exclusiones.
Hermanas, hermanos, hay una frase en el Evangelio que podría resumir toda la historia de nuestra relación con Dios: “Todo está preparado; vengan al banquete.” Esa es la invitación.
Vengan. Hay comida, hay mesa, hay lugar. Pero nosotr@s tenemos una extraordinaria capacidad para complicar lo que Dios quiere abrir. Dios prepara una mesa y nosotr@s hacemos una lista, Dios invita y nosotr@s seleccionamos, Dios abre y nosotr@s cerramos, Dios libera y nosotr@s construimos becerros.
Quizás ese sea el hilo que atraviesa todas las lecturas de hoy: ¿Qué hacemos cuando el Dios verdadero no se parece al dios que queremos controlar? Porque el becerro de oro no es simplemente una estatua.
El becerro es todo aquello que colocamos en el lugar de Dios porque nos resulta más fácil manejarlo. El Pueblo Hebreo había salido de Egipto. Pero Egipto todavía no había salido completamente de este pueblo. Moisés tarda. Dios parece guardar silencio. La incertidumbre aumenta. Y el pueblo dice: “Haznos dioses que vayan delante de nosotr@s.”
Necesitaban algo visible. Controlable. Predecible. Algo que pudieran fabricar con sus propias manos. Y ahí comienza la idolatría. No necesariamente cuando dejamos de creer en Dios. A veces la idolatría comienza cuando fabricamos un dios que piense exactamente como nosotr@s.
Un dios que bendiga nuestras preferencias, un dios que proteja nuestros privilegios, un dios que odie a quienes nosotr@s odiamos, un dios que siempre esté de nuestro lado, un dios que nunca nos confronte, un dios suficientemente pequeño como para caber dentro de nuestras instituciones. Ese también es un becerro de oro.
Y cuidado, porque también podemos fabricar becerros cristianos. Podemos convertir el templo en becerro. La denominación en becerro. La tradición en becerro. El dinero en becerro. El poder en becerro. La nación en becerro.
Incluso podemos convertir nuestras interpretaciones de la Biblia en becerros cuando las utilizamos para evitar que Dios continúe hablándonos.
Por eso el Salmo 106 recuerda la historia y confiesa: “Hemos pecado como nuestros antepasados.” Eso es importante. El salmista no señala solamente el pecado de otras personas. Dice: nosotr@s. Nosotr@s también fabricamos becerros.
Nosotr@s también olvidamos, nosotr@s también confundimos nuestras preferencias con la voluntad de Dios, nosotr@s también podemos convertir la religión en una manera de protegernos de Dios.
Y entonces llegamos al Evangelio. Hay un banquete. Todo está preparado. La invitación ha salido. Pero las personas originalmente invitadas tienen cosas más importantes que hacer. Una se va a su campo. Otra a sus negocios. Otras reaccionan violentamente. Entonces ocurre algo extraordinario. El rey dice:
“Vayan a las salidas de los caminos e inviten al banquete a todas las personas que encuentren.” Ahí cambia completamente la geografía del Reino-Comunidad.
La invitación sale del centro. Se va hacia los caminos. Hacia las intersecciones.
Hacia donde circula la gente que quizás nunca imaginó recibir una invitación.
Y el texto dice algo todavía más escandaloso: reunieron “a todas las personas que encontraron, malas y buenas.”
¡Malos y buenos! Nosotr@s probablemente hubiéramos organizado primero un comité para decidir quién calificaba. Jesús dice: tráiganlos. Nosotr@s preguntamos: ¿Esta persona es digna? Jesús dice: hay una silla. Nosotr@s preguntamos: ¿De dónde viene? Jesús dice: hay una silla.¿Qué hizo? Hay una silla. ¿A quién ama? Hay una silla. ¿Tiene dinero? Hay una silla. ¿Tiene antecedentes? Hay una silla. ¿Tiene una adicción? Hay una silla. ¿Piensa como nosotros? Hay una silla.
Porque el Reino-Comunidad de Dios se parece a una mesa que se niega a quedarse vacía. Pero aquí tenemos que entrar con cuidado en la parte difícil de la parábola: el hombre que entra sin el vestido apropiado. Si convertimos ese detalle en una nueva excusa para excluir, destruimos precisamente el movimiento de la parábola.
La gracia es gratuita, pero no es indiferente a cómo vivimos. Entrar a la mesa tiene consecuencias. No podemos aceptar la invitación del Reino y continuar viviendo según las reglas del imperio.
No podemos sentarnos en la mesa de Jesús y continuar despreciando a quien está sentado a nuestro lado, no podemos recibir gracia y negar gracia, no podemos pedir perdón y vivir produciendo heridas sin asumir responsabilidad. La mesa es abierta, pero la mesa también nos transforma.
Ahí entra Filipenses. Pablo dice: “Regocíjense siempre en el Señor.” Y luego:
“Que la gentileza de ustedes sea conocida de tod@s.” Y finalmente:
“Todo lo verdadero, todo lo honorable, todo lo justo… en esto piensen.”
Pablo no está ofreciendo pensamiento positivo barato. Está preguntando:
¿Qué clase de personas vamos a ser después de haber sido alcanzadas por la gracia?
Porque la fe no termina cuando recibimos la invitación. Ahí comienza. Dios nos invita como somos, pero nos reúne para aprender otra manera de vivir. Una manera donde la justicia importa. Donde la gentileza importa. Donde la verdad importa, donde el cuidado mutuo importa, donde nadie tiene que destruir a otra persona para sentirse importante. Eso es Reino-Comunidad.
Y quizás aquí está nuestra crisis como Iglesia: Hemos pasado demasiado tiempo preocupándonos por llenar templos cuando Jesús estaba preocupado por llenar mesas. Hay una diferencia. Un templo lleno puede seguir siendo profundamente excluyente. Una mesa abierta cambia relaciones.
En la mesa tenemos que mirarnos. Compartir. Escuchar. Mover nuestra silla para que quepa alguien más. Por eso el Reino-Comunidad es peligroso. Porque alrededor de la mesa pueden terminar sentadas personas que jamás hubiéramos invitado. Y quizás descubramos que Dios también las estaba esperando a ellas.
Porque Dios ya puso la mesa. Ahora nos corresponde decidir si vamos a seguir controlando quién puede sentarse…o si finalmente vamos a salir a buscar a quienes todavía faltan. Que nadie quede fuera, Amén & Ashe.
Puedes leer todos los sermones del Padre Luis Barrios en la sección de Sermones.


