Genesis 12:1-9; Romanos 4:13-25; Mateo 9:9-13, 18-26
Segundo Primer Domingo después de Pentecostés- 7 de junio de 2026
Mientras más lee los Evangelios más me convenzo de que Jesús no vino a fundar un club de personas santas, sino una comunidad de personas heridas.
Hay iglesias que todavía siguen preguntando: “¿Quién merece sentarse en esta mesa?”. Jesús hace una pregunta distinta: “¿A quién estamos dejando fuera de la mesa?”
El evangelio de hoy comienza con un escándalo. Jesús ve a Mateo, un recaudador de impuestos, un colaborador del imperio, un hombre considerado traidor por su propio pueblo. Jesús no le exige una confesión, no le pide un certificado de pureza moral, no le hace una entrevista doctrinal. Simplemente le dice: “Sígueme.” Y Mateo se levanta.
Mientras muchas personas religiosas estaban ocupadas clasificando personas entre buenas y malas, puras e impuras, dignas e indignas, Jesús estaba ocupado construyendo Reino-Comunidad. Por eso come con personas pecadoras, por eso comparte la mesa con quienes la religión había expulsado, por eso responde a los fariseos: “Misericordia quiero y no sacrificios.”
Porque la espiritualidad de Jesús no anestesia; despierta. No vino a proteger instituciones religiosas. Vino a sanar relaciones rotas. No vino a construir murallas. Vino a derribarlas. No vino a seleccionar a las personas perfectas. Vino a abrazar a quienes el sistema había declarado descartables. La pregunta para nosot@os hoy no es si somos pecadores. La pregunta es si seguimos creyendo que hay personas demasiado pecadoras para ser amadas por Dios.
Luego aparece otro escándalo. Un líder religioso se acerca a Jesús porque su hija ha muerto. Mientras Jesús camina hacia aquella casa, una mujer que llevaba doce años sangrando se atreve a tocar su manto. Doce años excluida, doce años considerada impura, doce años invisibilizada. Doce años de una muerte social lenta. Ella no pide permiso. No espera autorización religiosa. No consulta a los guardianes de la ortodoxia. Simplemente toca.
Y Jesús se detiene. Porque para Jesús ninguna persona es una interrupción.
La compasión siempre tiene prioridad sobre la agenda. La dignidad humana siempre tiene prioridad sobre el ritual. La vida siempre tiene prioridad sobre la ley.
Y la mujer queda sana.
Cuando finalmente llega a la casa de la niña, todos dicen que es demasiado tarde.
La muerte ya ganó. L@s profesionales del duelo ya comenzaron el funeral. La esperanza ya fue enterrada. Pero Jesús entra donde todos creen que ya no queda nada por hacer. Y toma a la niña de la mano. Eso es lo que hace Dios. Dios sigue entrando donde la sociedad ya declaró fracaso. Entra en las cárceles, entra en las comunidades abandonadas, entra en las personas que luchan con adicciones.
Entra en los hogares rotos, entra en los corazones cansados, entra en las iglesias que han perdido la esperanza. Y sigue diciendo: “Levántate.”
La buena noticia de este evangelio es que Jesús toca a quienes nadie quería tocar y se deja tocar por quienes nadie quería acercarse. Jesús rompe las fronteras de la exclusión, Jesús descoloniza la espiritualidad, Jesús comunitariza la fe, Jesús nos recuerda que el Reino-Comunidad de Dios no se construye separando personas santas de las pecadoras, sino sanando a una humanidad herida.
Porque el verdadero milagro de este texto no es solamente que una mujer sea sanada o que una niña resucite. El verdadero milagro es que Jesús crea una comunidad donde las personas excluidas vuelven a pertenecer.
Genesis 12:1-9- Hoy, este pasaje nos habla profundamente sobre la naturaleza de la fe y la obediencia. El viaje de Abram refleja las incertidumbres que encontramos en nuestras vidas. Ya sea mudarse a una nueva ciudad, comenzar un nuevo trabajo o tomar una decisión difícil, el llamado a seguir la guía de Dios a menudo implica adentrarse en lo desconocido. Sin embargo, así como Abram recibió promesas de bendiciones, nosotr@s también tenemos la certeza de que la confianza en Dios se corresponde con la fidelidad y la provisión divinas.
Romanos 4:13-25- La relevancia de este pasaje se extiende hasta nuestros días, ya que la promesa hecha a Abraham es universal e inclusiva. Gálatas 3:29 destaca que todos los que creen en Cristo se convierten en herederos de la promesa, independientemente de su origen o herencia. Esta aplicación universal subraya el poder unificador de la fe y la inclusividad de las promesas de Dios para todos los que confían en Él.
Y quizás la pregunta más urgente para la Iglesia hoy es: ¿Somos una comunidad que sana o una institución que excluye?
Porque donde hay misericordia, allí está Dios. Donde hay dignidad, allí está Dios.
Donde una persona marginada vuelve a sentirse humana, allí está Dios. Y donde una comunidad se atreve a abrir la mesa para todas y todos, allí comienza a hacerse realidad el Reino de Dios. Tenemos que ser una iglesia-mesa donde nadie sobra.
Amen & Ashe
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