1 Samuel 16:1-13; Salmo 23; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41
Cuarto Domingo de Cuaresma-15 de marzo de 2026
Hoy quiero reflexionar contigo sobre esta aseveración: Jesús vino a abrir ojos… y a cerrar arrogancias.
El Evangelio de Juan 9:1-41 es uno de los relatos más subversivos del evangelio. No es solo un milagro de sanación; es una denuncia radical de los sistemas religiosos que prefieren la ceguera antes que la verdad. Por lo tanto, el pecado no era la ceguera… era el sistema.
El relato comienza con una pregunta peligrosa: “Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres para que naciera ciego?” Esa pregunta no es inocente. Es la teología del castigo. Es la religión que dice: si eres pobre, algo hiciste mal; si sufres, Dios te castigó; si estás oprimid@, es tu culpa
Pero Jesús destruye esa lógica. No busca culpables, busca liberación. Jesús rompe con la obsesión religiosa de explicar el sufrimiento. Porque explicar el dolor muchas veces es una forma elegante de justificar la injusticia.
Jesús no solo sana ojos, sana dignidad. Jesús hace algo extraño: escupe en el suelo, hace barro y lo pone sobre los ojos del hombre. El mismo barro del que según el libro de Génesis fue formado el ser humano. Es un gesto profundo:
Jesús está recreando la humanidad de alguien que la sociedad había declarado inútil. Porque para el sistema religioso de aquel tiempo, el ciego no era solo una persona enferma. Era: impuro; sospechoso; castigado por Dios
Jesús no solo sana su vista, le devuelve su humanidad. Pero el texto tiene una ironía brutal. El que era ciego comienza a ver. Y los que decían ver, quedan expuestos como ciegos. El hombre termina predicándole teología a los expertos.
Les dice: “Si este hombre no viniera de Dios, nada podría hacer.” El marginado se vuelve maestro. El excluido se vuelve profeta. El despreciado se vuelve testigo. Y el sistema religioso responde como suele responder el poder: lo expulsan.
Pero Jesús siempre aparece del lado de quien ha sido expulsado o expulsada. El evangelio dice algo hermoso. Cuando expulsan al hombre de la comunidad religiosa, Jesús lo busca. Esto es radical. Cuando la religión excluye…Cristo incluye, cuando la institución expulsa…Jesús acompaña, cuando el sistema condena… Jesús restaura.
A mí me parece que la frase más peligrosa del texto es cuando Jesús termina diciendo algo inquietante: “Para juicio vine a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, queden ciegos.” Esto significa algo radical.
Significa que el evangelio no es neutral. El evangelio revela. Revela: quién ama la verdad; quién protege el poder; quién defiende la dignidad; y quién se esconde detrás de la religión
Hoy también hay cegueras. Ceguera ante: la pobreza; el racismo; el machismo; la injusticia; el heterosexismo; la exclusión. Por todo esto la pregunta del evangelio no es: ¿Quién está ciego o ciega? La pregunta es: ¿Quién se beneficia de la ceguera? Porque hay sistemas que necesitan que la gente no vea: No ver la injusticia, no ver la explotación, no ver la desigualdad.
I Samuel 16: 1-13: Este versículo ofrece un mensaje poderoso sobre cómo Dios percibe a las personas. Cuando Dios elige a David como rey, ignora su apariencia exterior y se centra en su corazón. Esto implica que Dios valora cualidades internas como la integridad, el carácter y la fidelidad por encima de atributos superficiales como la apariencia física o el estatus social. Nos enseña que lo que realmente le importa a Dios es la bondad y la pureza interior, más que los factores externos.
¿Alguna vez te has sentido juzgado por tu apariencia o estatus social? Este versículo nos recuerda que, a los ojos de Dios, estas cosas no importan. En cambio, Dios ve la esencia de quienes somos: nuestras intenciones, nuestros valores y nuestro amor por Él y por los demás. Nos desafía a mirar más allá de los juicios superficiales y a esforzarnos por cultivar un corazón que agrade a Dios.
Efesios 5:8-14 trata del llamado a las personas creyentes a vivir como hijos e hijas de luz, abandonando la oscuridad y la inmoralidad, y permitiendo que la luz de Cristo exponga y transforme sus vidas mientras caminan en sabiduría y entendimiento.
La metáfora de ser “hijos de la luz” en este versículo representa vivir una vida pura, virtuosa y llena de bondad. Nos llama a encarnar las cualidades de la luz —honestidad, bondad y compasión— en todos los aspectos de nuestra vida. Nuestras acciones individuales deben exponer y desafiar la oscuridad del mundo, ya sea en forma de mentiras, injusticias o malas acciones, así como la luz disipa la oscuridad.
Hermanas y hermanos, el milagro de Juan 9 no es solo que un hombre ciego vea.
El verdadero milagro es que alguien que era invisible para la sociedad se convierte en sujeto de dignidad y verdad. Y el verdadero pecado no era la ceguera física. El verdadero pecado era un sistema religioso que prefería mantener a la gente en la oscuridad. Por eso hoy el evangelio nos hace una pregunta incómoda:
¿Queremos ver… o queremos seguir cómodamente ciegos o ciegas? Recuerden, Jesús vino a abrir ojos… y a cerrar arrogancias.
Amen & Ashe.
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