Vigésimo Segundo Domingo después de Pentecostés- Propio 25- 25 de oct. 2026
Deuteronomio 34:1-12; Salmo 90:1-6, 13-17; 1 Tesalonicenses 2:1-8; Mateo 22:34-46
Hermanas y hermanos, bendiciones.
Hoy las lecturas nos confrontan con una verdad profundamente revolucionaria: ¡No podemos amar a Dios mientras permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestro pueblo!
Jesús nos recuerda que el mandamiento más importante es amar a Dios con todo nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente, y amar al prójimo, prójima como a nosotr@s mism@s. Pero este amor no puede quedarse encerrado en nuestros templos, nuestras oraciones o nuestros discursos religiosos. Tiene que convertirse en una práctica concreta de justicia, solidaridad y liberación.
En la lectura de Deuteronomio vemos que Moisés, desde el monte Nebo, contempla una tierra prometida a la que no podrá entrar. Su historia nos enseña que la liberación no es propiedad privada de ningún líder, sacerdote o institución. La verdadera misión no consiste en acumular poder, sino en abrir caminos para que otras personas continúen construyendo esperanza. Moisés no llegó a la tierra prometida, pero su compromiso permitió que el pueblo siguiera caminando.
Y precisamente por eso el salmista nos invita a reconocer la brevedad de nuestra existencia y a pedirle a Dios que confirme la obra de nuestras manos. No se trata de esperar pasivamente que Dios transforme el mundo. Se trata de colocar nuestras manos, nuestros conocimientos y nuestras comunidades al servicio de esa transformación.
En Tesalonicenses Pablo profundiza esta enseñanza cuando afirma que no compartió solamente el Evangelio, sino también su propia vida. ¡Qué desafío para nuestras iglesias! No podemos predicar amor desde la distancia, exigir solidaridad sin practicarla ni hablar de liberación mientras reproducimos relaciones de dominación.
Por eso, hoy necesitamos desaprender una religión que separa la fe de la justicia; desmantelar las estructuras que producen exclusión; desalambrar las fronteras que nos impiden reconocer al prójimo; y entrar por la salida, comprendiendo que nuestra misión comienza cuando abandonamos la comodidad del templo para encontrarnos con las heridas de nuestro pueblo.
En Puerto Rico hemos normalizado demasiadas injusticias. Nos acostumbramos a la pobreza, al abandono de nuestras personas envejecientes, a la violencia, al racismo, a la desigualdad y a la desesperanza de nuestra juventud. Y aquí debemos reconocer algo profundamente peligroso: cuando el sufrimiento deja de incomodarnos, la indiferencia comienza a convertirse en complicidad.
En el Evangelio vemos que Jesús también cuestiona nuestra comprensión del poder cuando interroga a los fariseos sobre la identidad del Mesías. Su pregunta nos recuerda que el señorío de Cristo no puede reducirse a las categorías humanas de prestigio y autoridad. El camino de Jesús nos revela un poder que se expresa mediante el servicio y la entrega.
Hermanas y hermanos, nuestras comunidades no necesitan una religión que simplemente administre la resignación. Necesitan una fe que produzca conciencia crítica, organización comunitaria y esperanza liberadora. Moisés nos enseña a continuar la lucha aunque no veamos todos sus frutos. El salmista nos invita a convertir nuestro tiempo en obras de amor. Pablo nos recuerda que el Evangelio exige compartir la vida. Y Jesús nos revela que el amor a Dios se hace visible en nuestra responsabilidad con el prójimo y prójima.
Por eso, no basta con preguntarnos cuánto amamos a Dios. También debemos preguntarnos: ¿a quién estamos acompañando?, ¿qué injusticias estamos confrontando?, ¿qué heridas estamos ayudando a sanar?, ¿qué comunidad estamos construyendo?
Que nuestra fe no se convierta en una excusa para escapar de la realidad, sino en una fuerza espiritual para transformarla. ¡No acumulemos religión, acumulemos humanidad! ¡No construyamos imperios religiosos, construyamos Reino-Comunidad! ¡Porque el amor que no se convierte en justicia corre el riesgo de convertirse en una hermosa palabra vacía!
Y recordemos siempre: ¡No podemos amar al Dios de la vida mientras le damos la espalda al pueblo que lucha por vivir! Amén y Ashe.
Puedes leer todos los sermones del Padre Luis Barrios en la sección de Sermones.


