Exodos 3:1-15; Salmo 26:1-8; Romanos 12:9-21; Mateo 16:21-28

Homilía: 30 de agosto de 2026

Hermanos y hermanas:

Hoy la Palabra no nos deja cómod@s. Dios no nos habla para decorar nuestra vida religiosa, sino para incendiarla. Nos llama desde una zarza que arde y no se consume, y nos hace una pregunta que atraviesa toda excusa: ¿vas a seguir huyendo o vas a responder?

Moisés está en el desierto. No está en un templo, ni predicando, ni haciendo grandes obras. Está cuidando ovejas. Es un hombre marcado por el fracaso, por el miedo, por un pasado del que escapó. Pero precisamente allí, en la aparente monotonía, Dios lo llama: “Moisés, Moisés”. Y antes de darle una misión, le pide algo radical: “Quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es tierra santa”.

Las sandalias son nuestras seguridades: el orgullo, la comodidad, el “yo soy así”, el rencor que defendemos, la indiferencia ante el dolor ajeno. Queremos acercarnos a Dios sin descalzarnos, sin cambiar, sin dejar que Él toque aquello que más protegemos. Pero ante el Dios vivo no se puede seguir blindado.

Dios no llama a Moisés para darle tranquilidad. Lo llama para enviarlo al lugar del sufrimiento: “He visto la opresión de mi pueblo… he escuchado su clamor”. Nuestro Dios no es indiferente. Ve a la persona pobre explotada, a la que está enferma abandonada, a la persona migrante humillada, a la mujer violentada, al joven que se siente sin futuro, a la persona anciana que nadie visita. Y luego hace algo aún más incómodo: nos dice, como a Moisés, “Ve; yo te envío”.

Tal vez respondemos: “¿Quién soy yo?”. Moisés también lo dijo. Pero Dios no le responde con una lista de capacidades. Le dice: “Yo estaré contigo”. La fuerza de nuestra misión no está en que seamos suficientes; está en que Dios es fiel. Su nombre es “Yo soy”: el Dios que permanece, que libera, que acompaña.

El salmo proclama: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”. Una fe radical no es una fe sin miedo; es una fe que no permite que el miedo tenga la última palabra. Hay demasiadas personas cristianas que saben muchas oraciones, pero tiemblan a la hora de amar, de defender la verdad, de pedir perdón, de rechazar una injusticia o de renunciar a un privilegio.

San Pablo pone el Evangelio en términos concretos: “Que vuestro amor sea sincero”. No sentimental. Sincero. Aborrecer el mal, practicar el bien, honrar a la otra persona, compartir con quien necesita, bendecir al que persigue, vencer el mal con el bien. Esto no es debilidad. Es revolución cristiana.

El mundo dice: “Devuélvela”. Cristo dice: “Bendice”. El mundo dice: “Protege lo tuyo”. Cristo dice: “Comparte”. El mundo dice: “Hazte notar”. Cristo dice: “Sirve”. El mundo dice: “Elimina a la persona enemiga”. Cristo dice: “No te dejes vencer por el mal”.

Y entonces llegamos al Evangelio. Jesús anuncia la cruz. Pedro se escandaliza y quiere detenerlo: “Eso no te puede pasar”. Pedro quiere un Mesías poderoso, vencedor, sin dolor. Pero Jesús responde con una firmeza terrible: “Apártate de mí, Satanás”. Porque toda voz que quiere un Cristo sin cruz termina alejándonos de Dios.

También nosotr@s queremos una fe sin entrega, una resurrección sin viernes santo, un cristianismo que no incomode ni nos pida cambiar. Pero Jesús es claro: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mism@, que cargue con su cruz y me siga”.

La cruz no es soportar pasivamente cualquier abuso ni glorificar el sufrimiento. La cruz es amar cuando amar cuesta. Es permanecer fiel cuando sería más fácil negociar la conciencia, es defender la dignidad humana, aunque se burlen de nosotr@s, es perdonar sin llamar bueno al daño, es decir “no” al pecado, aunque tod@s digan “sí”, es morir al egoísmo para que otra persona viva.

Cristo pregunta hoy: ¿de qué te sirve ganar el mundo si pierdes el alma? Podemos ganar dinero, prestigio, aplausos, seguidor@s, poder; pero si perdemos la capacidad de amar, de servir, de reconocer a Dios en el hermano o la hermana, lo hemos perdido todo.

Hermanos, hermanas hoy Dios nos llama por nuestro nombre. Hoy la zarza sigue ardiendo, hoy hay un pueblo que clama, hoy Jesús sigue caminando hacia la cruz y nos invita a seguirlo.

Quitémonos las sandalias. Dejemos de negociar con el Evangelio. Que nuestro amor sea sincero, nuestra fe valiente y nuestra vida una respuesta concreta al Dios que dice: “Yo soy, y yo estaré contigo”. Este es el Evangelio que incomoda. Amén. & Ashe

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