Cuarto después de Pentecostés- Propio 7– 21 de junio de 2026
Genesis 21:8-21; Salmo 86:1-10, 16-17; Romanos 6:6b-11; Mateo 10:24-39
En este Día de los Padres, (y de madres que se convirtieron padres) el Evangelio que escuchamos no es uno de flores, tarjetas o felicitaciones superficiales. Jesús no ofrece palabras cómodas. Al contrario, nos confronta con una verdad incómoda: seguirlo tiene un costo.
Jesús dice: “No tengan miedo.” “Quien ama a padre o madre más que a mí no es digno de mí.” “Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.” Estas palabras pueden sonar duras, especialmente en un día en que celebramos la familia.
Pero Jesús no está atacando la familia. Está cuestionando cualquier relación, estructura o lealtad que nos impida vivir la verdad del Reino de Dios. Nuestra cultura muchas veces define al padre por su capacidad de proveer dinero, ejercer autoridad o controlar a su familia. Pero Jesús propone otra imagen.
Un padre según el Evangelio no es quien domina, sino quien sirve. No es quien impone miedo, sino quien inspira esperanza, no es quien controla, sino quien acompaña.
No es quien exige perfección, sino quien aprende a amar en medio de las imperfecciones. La verdadera paternidad no se mide por el poder que se tiene sobre otros, sino por la capacidad de entregar la vida por amor.
Tres veces en este pasaje Jesús repite el mismo mensaje: “No tengan miedo.”
Porque sabe que el miedo es una de las fuerzas más destructivas para cualquier padre, madre o familia. Miedo a fracasar, a no tener suficiente, a equivocarse, a perder a quienes amamos, a no estar a la altura.
Pero Jesús recuerda que el amor es más fuerte que el miedo. Un padre radical no es quien nunca siente miedo. Es quien sigue amando aun cuando tiene miedo.
Cuando Jesús habla de tomar la cruz, no está glorificando el sufrimiento. La cruz significa mantenerse fiel a la justicia, la compasión y la verdad cuando sería más fácil rendirse. Hoy muchos padres cargan cruces pesadas: La crisis económica.
La distancia con sus hijos e hijas. La enfermedad. La soledad. La ansiedad. Las heridas del pasado.
Y sin embargo siguen levantándose cada mañana para amar, cuidar y sostener la vida. Eso también es una forma de cargar la cruz.
Este Evangelio también confronta a la Iglesia. Durante demasiado tiempo algunas comunidades cristianas han promovido modelos de paternidad basados en el autoritarismo, el machismo y el control. Pero Jesús nunca llamó a los hombres a dominar. Los llamó a servir. Nunca los llamó a ser dueños de sus familias. Los llamó a ser discípulos. Nunca los llamó a ejercer poder sobre otros. Los llamó a entregar su vida por amor.
La Iglesia debe dejar de idolatrar modelos tóxicos de masculinidad y comenzar a formar hombres capaces de llorar, escuchar, pedir perdón y practicar la ternura.
Porque la ternura también es una virtud del Reino.
Al final, Jesús nos dirige hacia el único modelo perfecto de paternidad: Dios.
Un Dios que no controla, que no abandona, que conoce hasta el número de nuestros cabellos. Un Dios que cuida incluso de los gorriones y cuyo amor no depende de nuestro éxito ni de nuestros fracasos. Ese es el Padre que Jesús revela. Y toda verdadera paternidad encuentra su sentido cuando refleja ese amor.
En este Día de los Padres, la pregunta no es cuántos regalos recibiremos ni cuántas felicitaciones escucharemos. La pregunta radical es: ¿Estamos formando familias basadas en el miedo o en el amor? ¿Estamos ejerciendo autoridad para controlar o para servir? ¿Estamos dispuestos a cargar la cruz de amar cuando amar resulta difícil?
Porque según Jesús, la vida verdadera no se encuentra aferrándonos al poder, sino entregándonos al amor. Y ese es el llamado radical para todos los padres, abuelos, padrastros, mentores y figuras paternas presentes hoy:
No tengan miedo. Amen con valentía. Sirvan con humildad. Y sigan a Cristo, aunque el camino cueste. No te rindas, seguir a Jesús cuesta, pero transforma
Amén & Ashe
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