Éxodo 14:19-31; Salmo 114; Romanos 14:1-12; Mateo 18:21-35

Decimosexto domingo después de Pentecostés – Domingo 19 – 13 de septiembre de 2026

Hermanas y hermanos: Hay personas que salen de Egipto, pero Egipto no sale de ellas. Salen de la casa del amo, pero continúan pensando como el amo. Rompen las cadenas que tenían en las manos, pero conservan dentro de sí la lógica de quien encadena. Reciben misericordia, pero después se convierten en jueces despiadados de los demás.

Y quizás esa sea una de las advertencias más radicales de las lecturas de hoy:

No basta con que Dios nos libere del Faraón. Tenemos que impedir que el Faraón comience a vivir dentro de nosotros.

Cuando Dios abre caminos

En Éxodo 14, Israel está atrapado. Delante está el mar. Detrás viene el ejército del Faraón. Humanamente, no parece existir salida y a los lados el desierto. Pero ocurre algo extraordinario: aquello que parecía una barrera se convierte en camino. Dios abre una salida donde el imperio había decretado que no había salida.

Y el Salmo 114 convierte aquella memoria en poesía: “El mar lo vio y huyó.”

La creación misma parece estremecerse ante la presencia de un Dios que escucha el clamor de un pueblo esclavizado.

Pero cuidado: esta historia no debe utilizarse para glorificar la violencia ni para imaginarnos un Dios enamorado de la muerte. El centro de la narración es la liberación de quienes estaban esclavizados.

El Dios del Éxodo toma partido por la vida amenazada. Por eso, cada generación debe preguntarse: ¿Cuáles son nuestros Egiptos? Egipto puede llamarse racismo.

Puede llamarse pobreza, puede llamarse violencia de género, puede llamarse colonialismo, puede llamarse xenofobia, puede llamarse homofobia, puede llamarse encarcelamiento deshumanizante, puede llamarse una economía que produce riqueza para unos pocos mientras condena a multitudes a sobrevivir.

Y frente a esos faraones, la Iglesia no fue llamada a bendecir la esclavitud. Fue llamada a cruzar el mar con el pueblo.

Pero después de cruzar el mar… Aquí aparece Romanos. Pablo habla a una comunidad donde la gente está comenzando a juzgarse mutuamente: unos comen determinadas cosas; otros no. Unos observan ciertos días; otros piensan diferente.

Y Pablo pregunta: “¿Quién eres tú para juzgar al criado ajeno?”

Ahí el Evangelio comienza a incomodarnos. Porque podemos denunciar al Faraón de afuera mientras construimos pequeños faraones dentro de nuestras iglesias.

Queremos decidir quién es suficientemente cristiano, quién pertenece, quién tiene la doctrina correcta, quién puede acercarse al altar. Quién merece respeto, quién merece nuestra misericordia.

Y Pablo nos recuerda algo elemental: Dios no nos llamó a ocupar su silla.

Podemos discernir, podemos confrontar el daño, podemos denunciar la injusticia, pero una cosa es discernir y otra muy distinta convertirnos en dueños o dueñas de la dignidad de la otra persona. La Iglesia deja de parecerse al Reino-Comunidad cuando se convierte en un tribunal donde todo el mundo está buscando a quién condenar.

Setenta veces siete

Entonces Pedro se acerca a Jesús con una pregunta muy humana: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar?” Pedro quiere un número. Jesús le responde destruyendo la calculadora. Setenta veces siete.

No significa 490 y después, en la 491, se acabó la misericordia. Jesús está diciendo: Deja de contar. Porque el Reino-Comunidad de Dios no funciona mediante una contabilidad del resentimiento.

Y entonces Jesús cuenta aquella parábola escandalosa. Un hombre tiene una deuda gigantesca que jamás podría pagar. Su señor le perdona todo. ¡Todo! Pero aquel mismo hombre sale, encuentra a alguien que le debe muchísimo menos, lo agarra por el cuello y exige: “¡Págame lo que me debes!”  Ahí está la tragedia. Había recibido misericordia, pero la misericordia no lo había transformado.

Le cancelaron la deuda, pero continuó viviendo según la lógica de la deuda.

Había sido liberado del sistema y salió inmediatamente a reproducirlo contra otra persona.

Jesús no le aumenta a Pedro el número de veces que debe perdonar; le rompe la calculadora. Porque el Reino de Dios no lleva la contabilidad del resentimiento.

El Faraón que llevamos dentro

Aquí las cuatro lecturas se encuentran. Israel sale de Egipto. Pablo dice: deja de juzgar a tu hermano y a tu hermana. Jesús dice: aprende a perdonar. Y nosotro@s tenemos que hacernos una pregunta mucho más difícil que señalar a los faraones de afuera: ¿Dónde estoy reproduciendo aquello mismo que digo combatir?

Puedo luchar contra el racismo y ser machista, puedo denunciar el colonialismo y ser homofóbico, puedo defender a las personas pobres y tratar con arrogancia a quien tiene menos educación, puedo predicar democracia y no permitir que nadie me contradiga. puedo denunciar el abuso de poder del gobierno y ejercer autoritariamente el poder dentro de mi iglesia, mi organización o mi familia, puedo pedir misericordia cuando soy yo quien está endeudado y exigir castigo cuando el endeudado es otra persona.

Porque haber sido oprimid@ no significa que nunca podamos oprimir. Y haber luchado por la justicia tampoco significa que todo lo que hacemos sea justo.

Por eso la liberación cristiana tiene dos movimientos inseparables: hay que sacar al pueblo de Egipto y hay que sacar a Egipto del pueblo.

Perdonar no significa permitir el abuso. Pero necesitamos aclarar algo.

Cuando Jesús habla del perdón, no está diciendo que una persona abusada tenga que regresar con quien la maltrata. Perdonar no significa negar el daño. No significa eliminar consecuencias, no significa renunciar a la justicia, no significa reconciliación automática. Y mucho menos significa decirle a una víctima: “Tienes que perdonar y olvidarte.”

Eso puede convertirse en violencia religiosa. El perdón cristiano verdadero comienza precisamente por decir la verdad sobre el daño. Y cuando es posible, busca responsabilidad, reparación y transformación. La misericordia no es enemiga de la justicia.

Amén & Ashe

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