Éxodo 12:1-14; Salmo 149; Romanos 13:8-14; Mateo 18:15-20
6 de septiembre 2026
Hermanas y hermanos; hay momentos en los que Dios no nos llama a tener paciencia. Nos llama a salir.
Éxodo 12 ocurre en una de esas noches. El pueblo está esclavizado en Egipto. Faraón ha convertido seres humanos en mano de obra. Hay explotación, violencia y muerte. Y Dios no le dice al pueblo: “Adáptense mejor a Egipto”. Tampoco les dice: “Sean buenos esclavos, buenas esclavas y yo les daré fortaleza espiritual para soportarlo”. Dios les dice, en esencia: Prepárense. Nos vamos.
Ese es el primer escándalo de estas lecturas: hay situaciones de las cuales Dios no quiere que aprendamos a sobrevivir; Dios quiere que salgamos.
1. Hay que salir de Egipto
El Éxodo es una historia de liberación. Dios escucha el grito de un pueblo oprimido y se pone de su lado. Por eso aquella comida de Pascua no es simplemente una cena religiosa. Es comida para el camino. Coman. Prepárense.
Tengan las sandalias puestas. Porque cuando llegue el momento, hay que moverse.
Y nosotr@s también tenemos nuestros Egiptos. Egipto es todo sistema que produce dignidad para unos a costa de la humillación de otras personas. Egipto aparece cuando el pobre trabaja y continúa pobre. Cuando alguien duerme en la calle mientras existen edificios vacíos, cuando la persona inmigrante es tratada como amenaza, cuando encarcelamos personas y luego les cerramos todas las puertas cuando intentan regresar a la comunidad, cuando una mujer vive bajo violencia.
Cuando discriminamos por raza, nacionalidad, orientación sexual, identidad de género, condición económica o cualquier otra categoría que utilizamos para decidir quién merece sentarse a nuestra mesa.
Y también hay Egiptos dentro de nuestras iglesias. Una iglesia puede cantar sobre liberación y continuar reproduciendo exclusión. Puede celebrar la Eucaristía y negarse a compartir. Puede hablar del amor mientras permanece indiferente ante el sufrimiento de su comunidad.
Por eso el Éxodo todavía pregunta: ¿De qué Egipto tenemos que salir nosotr@s?
Porque no basta con salir físicamente de Egipto. También tenemos que sacar a Egipto de nosotr@s.
2. Nuestra única deuda es amar
Entonces Pablo nos dice en Romanos: “No deban a nadie nada, sino el amarse unos a otros.” Eso es radical. Pablo está diciendo que existe una deuda que nunca terminaremos de pagar: la deuda del amor.
Pero cuidado. El amor bíblico no es sentimentalismo. Amar no significa simplemente decir: “Te quiero”. Amar significa preguntarme: ¿Tienes comida?
¿Tienes vivienda? ¿Estás segur@? ¿Te están discriminando? ¿Necesitas que alguien te acompañe? ¿Hay lugar para ti en nuestra mesa? ¿Tu dignidad está siendo respetada?
Porque Pablo afirma que quien ama al prójimo o prójima, ha cumplido la ley. Por eso una iglesia puede tener doctrina correcta, liturgia hermosa, incienso, vestimentas, procesiones y música extraordinaria y, sin embargo, fracasar en lo fundamental si no sabe amar al prójimo o prójima concretamente. Y Pablo añade:
“Ya es hora de despertarse.”
Qué palabra para la Iglesia. ¡Despierta! Despierta de la indiferencia, despierta de la comodidad, despierta del “eso no es problema mío”, despierta de una espiritualidad que quiere llegar al cielo mientras ignora el infierno que otras personas están viviendo en la tierra. La Iglesia no fue llamada a dormir esperando el Reino-Comunidad. Fue llamada a despertarse y hacerlo visible.
3. Si tu hermano o hermana te hiere, ve y habla con él o con ella
Y entonces llegamos a Mateo 18. Jesús sabe algo que nosotr@s a veces queremos negar: la comunidad tiene conflictos. Donde hay seres humanos habrá desacuerdos, heridas y contradicciones. Jesús no idealiza la comunidad. Por eso dice que, si alguien peca contra ti, ve y habla con esa persona.
No dice: Ve y habla con todo el mundo menos con ella, no dice: Publícalo, no dice: Destrúyel@, no dice: Organiza un grupo para hablar mal de esa persona.
Dice: Ve. Habla. Escucha. Intenta recuperar a tu hermano o hermana.
Eso es Reino–Comunidad. La meta no es ganar una discusión. La meta es recuperar una relación. Y si entre dos no pueden resolverlo, busca ayuda de otras personas. Y eventualmente involucra a la comunidad. ¿Por qué? Porque para Jesús los conflictos comunitarios no se resuelven simplemente descartando personas.
La justicia del Reino-Comunidad busca verdad, responsabilidad, reparación y, cuando sea posible, restauración.
Eso no significa esconder el daño. No significa obligar a una víctima a reconciliarse con quien continúa haciéndole daño. No significa confundir perdón con impunidad. Significa que la justicia cristiana no tiene como propósito humillar, sino transformar.
4. “Donde dos o tres están reunid@s…”
Y Jesús termina con una de las frases que más repetimos: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” Muchas veces utilizamos estas palabras cuando llega poca gente a la iglesia. “Bueno, somos pocos, pero donde dos o tres…”
Pero el texto está hablando de algo mucho más profundo. Está hablando de comunidad. De conflicto, de reconciliación, de personas intentando reconstruir relaciones rotas. Es como si Jesús dijera: Cuando ustedes se sientan a hablar honestamente, allí estoy, cuando escuchan a quien fue herid@, allí estoy.
Cuando confrontan el daño sin destruir al ser humano, allí estoy, cuando buscan justicia sin renunciar a la humanidad, allí estoy. Cuando reconstruyen comunidad, allí estoy yo en medio de ustedes.
Del Éxodo a la comunidad Ahora podemos juntar las cuatro lecturas. Éxodo dice: Salgan de la esclavitud. El Salmo 149 dice: Que el pueblo celebre al Dios que dignifica a los humildes. Romanos dice: No tengan otra deuda que el amor. Mateo dice: Cuando haya heridas, trabajen para restaurar la comunidad.
Ese es el movimiento del Reino-Comunidad. Salir. Amar. Reparar. Comunitarizar. Porque Dios no libera personas simplemente para convertirlas en individuos independientes. Dios libera un pueblo para construir otro tipo de comunidad.
Por eso nuestra misión no puede limitarse a llenar templos. Tenemos que construir comunidad. Una comunidad donde haya comida para quien tiene hambre.
Compañía para quien está solo. Dignidad para quien ha sido despreciado.
Bienvenida para quien ha sido expulsado. Segundas oportunidades para quien ha cometido errores.
Quiero preguntarte algo más peligroso: ¿De qué Egipto estás dispuest@ a salir para poder construir la comunidad que Dios sueña? Porque quizás nuestro problema no sea que Dios no está hablando. Quizás Dios lleva mucho tiempo diciendo: ¡Ya es hora de salir! Salir del individualismo, salir del prejuicio, salir de la indiferencia, salir de la comodidad. Salir de una religión que habla mucho de Dios, pero toca muy poco el sufrimiento humano.
Porque el Evangelio no nos invita simplemente a esperar un cielo después de la muerte. Nos convoca a salir de todos nuestros Egiptos para comenzar, aquí y ahora, a traer el cielo a la tierra.
Amén & Ashe
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