Hechos 2:14a, 22-32; Salmo 16; 1 Pedro 1:3-9; Juan 20:19-31

El evangelio de hoy comienza con una frase peligrosa: “Los discípulos estaban con las puertas cerradas por miedo.” No estaban celebrando ni estaban evangelizando, mucho menos organizando misión. Estaban encerrados.

Encerrados como muchas comunidades hoy:  encerradas por miedo económico; encerradas por miedo político; encerradas por cansancio espiritual; encerradas por heridas institucionales.

Y entonces ocurre algo inesperado: Jesús entra. No toca la puerta o pide permiso, no espera condiciones perfectas. Jesús entra en el cuarto del miedo. Porque la resurrección no ocurre en templos perfectos. La resurrección ocurre en comunidades heridas.

“La paz esté con ustedes” La primera palabra del Cristo resucitado no es corrección. No es juicio. No es regaño. Es paz. Pero no es paz pasiva. Es paz con propósito. Es la paz que dice: aunque tengan miedo; aunque estén cansad@s, aunque la historia duela; Dios todavía está aquí. Eso es lo que muchas comunidades necesitan escuchar hoy — también nuestras comunidades en Puerto Rico y en lugares como Vieques. Cristo entra.

Jesús muestra sus heridas. Esto es escandaloso. Jesús resucita… pero no borra sus cicatrices. El mundo quiere una resurrección sin memoria. Dios ofrece una resurrección con historia. Jesús muestra sus manos heridas porque la resurrección cristiana no niega el sufrimiento del pueblo: ni el abandono; ni la desigualdad; ni el dolor acumulado; ni las luchas invisibles. Cristo resucitado dice: las heridas no desaparecen… pero pueden volverse lugar de revelación.

Jesús sopla Espíritu. Entonces ocurre algo profundamente radical: Jesús sopla sobre ell@s. Esto significa algo enorme: la Iglesia no nace del miedo; la Iglesia no nace de la institución; la Iglesia no nace del poder; La Iglesia nace del Espíritu. Una iglesia sin Espíritu se encierra. Una iglesia con Espíritu sale. Sale a acompañar, a sanar, a reconstruir comunidad.

Tomás no es incrédulo, es honesto. Tomás representa a quienes dicen: “yo quiero creer… pero necesito verdad.” Y Jesús no lo rechaza. Jesús le ofrece sus heridas. Esto es evangelio puro: Cristo no expulsa a quienes dudan. Cristo los acerca. Una iglesia radical no teme las preguntas. Las abraza.

“Como el Padre me envió, así yo los envío” Aquí está el corazón del texto. Jesús no dice: quédense segur@s. Dice: salgan. La resurrección no es refugio espiritual.

Es envío comunitario. La Iglesia existe para: acompañar al herido; defender al olvidado; escuchar al que duda; caminar con el pueblo. Especialmente donde la historia ha intentado cerrar puertas.

¿A que le tienes miedo? Hablemos de la autocensura. La autocensura en momentos de injusticia no es solo silencio. Es una forma de adaptación al miedo. Es cuando una persona sabe que algo está mal, lo ve, lo sufre o lo presencia, pero decide no nombrarlo para no pagar el precio de decir la verdad.

La autocensura casi nunca nace de la cobardía individual solamente. Muchas veces nace de un sistema que ya enseñó que hablar cuesta. Cuesta el trabajo, la reputación, la aceptación del grupo, la paz familiar, la seguridad, el acceso, el puesto, la invitación a la mesa. Por eso la autocensura no es un problema meramente psicológico; es también un problema político, espiritual y comunitario.

Cuando hay injusticia, la autocensura funciona como una liturgia del orden falso.

Todo el mundo ve. Todo el mundo sabe. Pero nadie dice. Y como nadie dice, parece que nada pasa. Y como parece que nada pasa, la injusticia se normaliza.

¿Qué es lo más peligroso? Lo más peligroso de la autocensura es que no siempre se siente como traición. A veces se disfraza de: Prudencia; madurez; diplomacia; neutralidad; “no quiero problemas”; “este no es el momento”; “hay que cuidar la institución”. Pero muchas veces esas frases son solo nombres más elegantes para el miedo. Y el miedo, cuando no se confronta, termina trabajando para el poder.

Radicalmente hablando, la autocensura en tiempos de injusticia es una crisis del alma. Porque la conciencia fue creada para responder a la verdad, no para pactar con la mentira. Cuando una persona se calla repetidamente frente al abuso, la explotación, la hipocresía o la humillación del prójimo, algo se rompe adentro: se fractura la integridad.

Ante las acciones terroristas del gobierno de Estados Unidos contra Venezuela, Cuba e Iraq hemos mantenido silencio. Ante la explotación de la Junta Fiscal como estrategia colonial administrativa mantenemos silencio. Inclusive nuestro gobierno aquí en Puerto Rico y nuestras iglesias. Una autocensura. Esto no se trata de estar de acuerdo con Venezuela, Cuba, Iraq o de no ser miembro del partido que está en el poder. Esto es un asunto de injusticia que como iglesia debemos de condenar y combatir. ¿Por qué no lo hacemos? El silencio nos hace cómplices.


Hechos 2:22-32 trata sobre el sermón de Pedro, en el que proclama a Jesús como el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, enfatizando su resurrección como prueba de su divinidad y del Mesías prometido.

Mientras que 1 Pedro 1:3-9 trata sobre la celebración de la esperanza viva de las personas creyentes en Cristo a pesar de sus pruebas, enfatizando el necesario proceso de refinamiento de su fe a través de las dificultades para alcanzar la salvación y la alegría final de que su fe sea demostrada genuina a través de la perseverancia.

Te recuerdo que este evangelio de hoy es claro: Cristo entra donde hay miedo, muestra sus heridas. Cristo sopla Espíritu y envía comunidad. Por eso hoy la resurrección sigue diciendo: aunque las puertas estén cerradas; aunque el futuro sea incierto; aunque la comunidad esté cansada; Jesús sigue entrando. Y cuando Jesús entra… otro mundo comienza a ser posible. La resurrección atraviesa los candados del miedo. Amen & Ashe

Puedes leer todos los sermones del Padre Luis Barrios en la sección de Sermones.