1. “He aquí el Cordero de Dios” (v. 29): Dios no entra con espada, entra cargando el pecado
Juan el Bautista no presenta a Jesús como conquistador, sacerdote del templo ni gerente del orden religioso. Lo señala como Cordero.
En un mundo que idolatra la fuerza, la imagen del Cordero es un escándalo político y teológico. El Cordero no domina: se entrega. No impone: absorbe el pecado del sistema.
Este no es un pecado individualista y privado. Es el pecado del mundo (kosmos): estructuras injustas; economías de Muerte; colonialismos normalizados; religiones que bendicen la opresión Jesús no viene a maquillar ese pecado, sino a cargarlo y desmantelarlo desde dentro. Dios no salva aliándose con el poder, sino exponiendo su violencia.
2. “Yo no lo conocía” (vv. 31, 33): Dios siempre nos desinstala
Juan —el profeta— confiesa que no conocía plenamente a Jesús. Esto rompe el mito de una fe segura, cómoda, sin riesgo. En la teología radical, Dios nunca se deja poseer. Siempre descoloca nuestras imágenes: cuando lo esperamos fuerte, llega vulnerable; cuando lo esperamos puro, se mezcla con las personas pecadoras; cuando lo esperamos en el templo, aparece en el río. Si creemos que ya conocemos
a Jesús, probablemente lo hemos reducido.
3. “¿Qué buscan?” (v. 38): la pregunta que desenmascara al discipulado
Jesús no dice: “Síganme”. Primero pregunta: “¿Qué buscan?” Esta es una pregunta peligrosa. Porque hay quienes buscan: seguridad religiosa; prestigio spiritual; salvación sin justicia; un Jesús que no incomode
Jesús no llama a personas curiosas ni consumidoras de fe. Llama a quienes están dispuestos y dispuestas a revisar sus motivaciones. El discipulado comienza cuando dejamos de usar a Jesús para nuestros fines.
4. “Vengan y vean” (v. 39): la fe no se explica, se camina
Jesús no da una definición doctrinal. Ofrece una experiencia. “Vengan y vean” significa: compartan la vida; vean dónde habito; descubran con quién me quedo.
Jesús habita donde el sistema no quiere mirar. La fe no es teoría correcta, es práctica encarnada.
5. Andrés corre, Simón es renombrado (vv. 40-42): el encuentro con Jesús reconfigura la identidad
Cuando Andrés encuentra a Jesús, no se queda callado. Corre hacia su hermano. La fe que no se comparte se pudre. Y cuando Jesús mira a Simón, no lo deja igual: “Tú eres Simón… tú serás llamado Cefas.” Jesús no solo perdona; renombra. No solo sana; reconstituye. Pero cuidado: este nuevo nombre no es para subir en jerarquía, sino para cargar comunidad.
Conclusión
Juan 1 no nos invita a admirar al Cordero, sino a seguirlo. Y seguir al Cordero implica: abandonar la lógica del poder; desalambrar una fe domesticada; desaprender un cristianismo cómodo; caminar con un Dios que carga el pecado del mundo.
Recordemos; El Cordero de Dios no quita el pecado para que todo siga igual, lo quita para que nazca un mundo nuevo.
Amen & Ashé

