Introducción

Mateo 3:13-17, el Bautismo de Jesús, no comienza con un trono, sino con un río. No con aplausos, sino con confesión. No con poder imperial, sino con un pueblo cansado de injusticia. Y allí —en la fila de las personas pecadoras, endeudadas, vigiladas y descartadas— se mete Jesús.

1. Jesús no se separa del pueblo: se solidariza

“Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él.” (v.13)

Jesús no necesitaba bautismo. Pero eligió identificarse. Este no es un gesto privado de piedad. Es una decisión política y teológica. Jesús se rehúsa a salvar desde arriba. No bendice al sistema desde el templo. No negocia con Herodes.

Por esto Dios se revela en la fila, no en el palacio. Una fe que quiere a Cristo sin pueblo no es fe cristiana: es religión de evasión.

2. Juan resiste… como muchas iglesias

“Pero Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti…” (v.14)

Juan quiere invertir el orden: que el puro toque a la persona impura desde lejos; que el maestro no se ensucie; que Dios conserve su “distancia sagrada”.

Pero Jesús responde: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.” (v.15)
Justicia, no ritual. Justicia, no moralismo. Justicia, no neutralidad.

La justicia bíblica no es obedecer normas, es reordenar relaciones rotas. Cuando la iglesia quiere un Cristo que no se moje, Jesús insiste: “Déjame entrar al río.”

3. El bautismo como acto subversivo

El Jordán no es cualquier río; es frontera, es memoria, es cruce. Bautizarse allí es decir: este mundo no es inevitable; este orden no es eterno; Dios está comenzando algo nuevo. Jesús inaugura su ministerio no predicando, sino sumergiéndose. La fe cristiana comienza con descenso, no con ascenso.

4. El cielo se abre cuando la justicia se encarna

“Los cielos le fueron abiertos…” (v.16)

El cielo no se abre por dogma correcto. Se abre cuando la justicia toca el agua. Cuando Dios se solidariza con el dolor humano. Y el Espíritu no cae como fuego destructivo, sino como paloma: símbolo de paz, fragilidad y persistencia. Dios no entra violentamente al mundo. Entra siendo vulnerable.

5. La voz que redefine identidad

“Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” (v.17)

Esta voz no aparece después de milagros, ni después de sermones, ni después de la cruz. Aparece antes de todo. Jesús es amado antes de producir resultados.

Esto es radical: nuestra identidad no nace del éxito, ni del reconocimiento, ni de la aprobación del sistema. Dios llama “hija o hijo amado” a quien se mete en la fila para mojarse.

Conclusión: ¿Dónde nos estamos bautizando?

Hoy la pregunta no es: ¿Crees en Jesús? La pregunta es: ¿En qué fila te estás metiendo? ¿Con quién estás solidarizándote? ¿Desde qué río estás hablando de Dios?

Porque el cielo no se abre sobre iglesias cómodas; se abre sobre comunidades que se atreven a mojarse, incomodarse y practicar justicia encarnada. Por eso, como Iglesia, no estamos llamados o llamadas a bendecir la injusticia, sino a sumergirnos en la lucha por la vida. Porque el Cristo que se bautiza en el Jordán sigue apareciendo donde el pueblo espera y donde la justicia aún no ha llegado.

Amén & Ashe